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Archive for the ‘Mons. Guido Marini’ Category

O regresso do Fanon Papal

The Return of the Papal Fanon

by Shawn Tribe

Perhaps many of us had thought that the Pope had about done with what he felt he could do in terms of restoring of certain traditional elements of papal liturgical ceremonial. Well, it turns out that wasn’t quite the case. At this morning’s canonizations in Rome, where notably Kateri Tekakwitha named first Native American saint (itself newsworthy in its own right — and, rest assured, we’ll do a little more on this within our regular posting schedule on Monday), papal ceremonialists will note the return of the papal fanon.

Here are some photos:

So what is the fanon you might ask? Here is what the Catholic Encyclopediasays of it:

A shoulder-cape worn by the pope alone, consisting of two pieces of white silk ornamented with narrow woven stripes of red and gold; the pieces are nearly circular in shape but somewhat unequal in size and the smaller is laid on and fastened to the larger one… The front part of the fanon is ornamented with a smallcross embroidered in gold…      The fanon is like an amice; it is, however, put on not under but above the alb. The pope wears it only when celebrating a solemn pontifical Mass, that is, only when all the pontifical vestments are used. The manner of putting on the fanon recalls the method of assuming the amice… After the deacon has vested the pope with the usual amice, alb, the cingulum and sub-cinctorium, and the pectoral cross, he draws on, by means of the opening, the fanon and then turns the half of the upper piece towards the back over the pope’s head. He now vests the pope with the stole, tunicle, dalmatic, and chasuble, then turns down that part of the fanon which had been placed over the head of the pope, draws the front half of the upper piece above the tunicle, dalmatic, and chasuble, and finally arranges the whole upper piece of the fanon so that it covers the shoulders of the pope like a collar.      The fanon is mentioned in the oldest known Roman Ordinal, consequently its use in the eighth century can be proved. It was then called anabolagium (anagolagium), yet it was not at that period a vestment reserved for the use of the pope. This limitation of its use did not appear until the other ecclesiastics at Rome began to put the vestment on under the alb instead of over it, that is, when it became customary among the clergy to use the fanon as an ordinary amice. This happened, apparently in imitation of the usage outside of Rome, between the tenth and twelfth centuries; however, the exact date cannot be given. But it is certain that as early as the end of the twelfth century the fanon was worn solely by the pope, as is evident from the express statement of Innocent III (1198-1216). The vestment was then called an orale; the name of fanon, from the late Latin fano, derived from pannus, (penos), cloth, woven fabric, was not used until a subsequent age. Even as early as the eighth century the pope wore the fanon only at solemn high Mass…

Now some might yet ask, “what’s the big deal? So a vestment was restored.” However, the answer is that the use of vestments such as these are aspects of continuity and, by way of Msgr. Guido Marini himself, the papal ceremoniere, we know that this is purposefully so. Many years ago, Marini himself commented that “the vestments used … aim to underline the continuity of today’s liturgical celebration with that which characterized the life of the church in the past…”In that regard, this move is not just about restoring the fanon, it is also about restoring a connection with and yet further continuity with the Latin rite liturgical tradition.

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NLM readers were all over this bit of news this morning, especially our European readers, and my inbox is absolutely flooded with screen captures. Well done friends!   Please know that your tips and photos and all such things are absolutely essential to NLM. It really is a group enterprise, and that group most certainly includes all of you who take the time send in these sorts of news tips, photos, videos and the like.

Here are some of our readers’ screen captures:

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El próximo domingo 21 de octubre se celebrará, en Plaza San Pedro, la canonización de siete nuevos santos, uno de los acontecimientos importantes del Año de la Fe que está viviendo la Iglesia. Además, en esta ocasión, el Santo Padre utilizará por primera vez un nuevo Ritual para las ceremonias de canonización, preparado por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, que realiza algunas modificaciones al ritual hasta ahora vigente y recupera algunos signos del antiguo ritual. Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha concedido a L’Osservatore Romano.

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Entonces, ¿el rito de canonización ya no se realizará durante la celebración eucarística?

Exactamente, como ya ha ocurrido, por otro lado, para los otros ritos: piénsese en el rito del Resurrexit, el domingo de Pascua; en el consistorio para la creación de nuevos cardenales, a partir del pasado 18 de febrero; y en la bendición y imposición de los palios a los arzobispos metropolitanos, en la reciente solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

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¿Cuál es el motivo de fondo?

Evitar que dentro de la celebración eucarística estén presentes elementos que no pertenecen estrictamente a la misma, manteniendo así intacta la unidad, como es pedido por la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium. Además, no es modificada una tradición consolidada sino sólo una práctica reciente. La canonización es fundamentalmente un acto canónico, en el cual están involucrados el munus docendi y el munus regendi. El munus santificandi entra en escena como segundo momento y está constituido por el acto de culto que sigue a la canonización.

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En pocas palabras, para decirlo con el documento del Vaticano II citado por usted, ¿“sana tradición y legítimo progreso”?

Ciertamente, si bien en este caso específico la renovación del rito de canonización se inserta en el surco del camino comenzado por Benedicto XVI en el 2005. Fue entonces que la Congregación para las Causas de los Santos, con comunicación del 29 de septiembre, dispuso – luego de las conclusiones del estudio de las razones teológicas y las exigencias pastorales sobre los ritos de beatificación y canonización aprobados por el Santo Padre – que la canonización seguiría siendo presidida por el Pontífice en San Pedro, mientras que la beatificación sería celebrada por un representante suyo, normalmente el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en las diócesis interesadas. La canonización, en efecto, es una sentencia definitiva, con la cual el Sumo Pontífice decreta que un siervo de Dios, ya incluido entre los beatos, sea insertado en el catálogo de los santos y se venere en la Iglesia universal con el culto debido a todos los canonizados. Se trata, por lo tanto, de un acto preceptivo y universal. La autoridad ejercida por el Papa en la sentencia de la canonización será ahora todavía más visible a través de algunos elementos rituales.

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Más allá del cambio de lugar del Rito, que tendrá lugar enteramente antes del comienzo de la Misa, ¿cuáles son estos elementos rituales?

 

En primer lugar, el triple pedido, durante el cual el cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos se dirigirá al Santo Padre para pedirle que proceda a la canonización de los siete beatos. Es por lo tanto recuperada, si bien de forma renovada, la antigua tradición según la cual el Papa reza con insistencia para pedir la ayuda del Señor en la realización del importante acto. En particular, en respuesta a la segunda petición, él invocará al Espíritu Santo y, después de tal invocación, será entonado el himno del Veni Creator. En segundo lugar, el canto del Te Deum, presente en el Rito de canonización hasta 1969, acompañará la colocación y la veneración de las reliquias de los nuevos santos.

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Respecto a la procesión con las reliquias de los nuevos santos, ¿está prevista alguna otra modificación?

La habitual procesión se detendrá brevemente frente al Santo Padre que, así, podrá venerar las reliquias. Una vez que sean colocadas ante el altar, las reliquias serán incensadas por el diácono.

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La revisión del rito de canonización, como ya los otros ritos, ¿comporta también una simplificación?

Diría que sí. Y también esto es un aspecto importante del rito renovado, junto al de su reforma en armónica continuidad con una tradición ya secular. De este modo es posible realizar el “esplendor de la noble sencillez” auspiciado por el concilio Vaticano II. Las Letanías de los santos acompañarán la procesión inicial, resultando anticipadas respecto a la praxis actual. Ocurría así durante el pontificado de Pío XII, a partir de 1946. Serán además omitidas las biografías de los nuevos santos por parte del Prefecto, dado que el Santo Padre, como es costumbre, las presentará brevemente durante la homilía. No está ya previsto, finalmente, el saludo personal del Pontífice por parte de los postuladores, que podrán encontrarlo brevemente después de la Misa, en la sacristía de la basílica Vaticana.

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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Novità nel rito dei Palli. Il maestro delle celebrazioni liturgiche del Sommo Pontefice sulla messa dei santi Pietro e Paolo (Biccini)

Il maestro delle celebrazioni liturgiche del Sommo Pontefice sulla messa dei santi Pietro e Paolo

Novità nel rito dei Palli

di Gianluca Biccini

Per le celebrazioni papali ancora un piccolo passo in direzione del rinnovamento nella fedeltà alla tradizione: venerdì prossimo, 29 giugno, in occasione della messa per la solennità dei Santi Pietro e Paolo, che Benedetto XVI celebrerà alle ore 9 nella basilica Vaticana, sarà anticipato lo svolgimento del rito di benedizione e imposizione dei palli agli arcivescovi metropoliti, che tradizionalmente avviene in questa circostanza.
La cerimonia di consegna della piccola fascia di lana bianca — che manifesta visibilmente l’autorità dei pastori delle maggiori arcidiocesi del mondo nell’unione con il vescovo di Roma — non ha infatti natura sacramentale. Monsignor Guido Marini, maestro delle Celebrazioni Liturgiche del Sommo Pontefice, in questa intervista al nostro giornale spiega i motivi della decisione approvata dal Papa.

Com’era accaduto nel Concistoro dello scorso 18 febbraio, ancora una volta un rito viene anticipato rispetto alla collocazione precedente nel contesto della celebrazione. Come mai?

Anzitutto vorrei precisare che il rito della benedizione e imposizione dei Palli rimane sostanzialmente invariato. Tuttavia, da quest’anno, nella logica di uno sviluppo nella continuità, si è pensato semplicemente a una diversa collocazione del rito stesso, che avrà luogo prima dell’inizio della Celebrazione eucaristica. La modifica è stata approvata dal Santo Padre ed è dovuta a tre diversi motivi, strettamente collegati l’uno con l’altro.

Quali sono?

Anzitutto si intende abbreviare la lunghezza del rito. Infatti, si darà lettura dell’elenco dei nuovi arcivescovi metropoliti appena prima dell’ingresso della processione iniziale e del canto del Tu es Petrus, al di fuori della celebrazione vera e propria. Poi, quando Benedetto XVI sarà giunto all’altare avrà subito luogo il rito dei Palli.

Una scelta che consentirà anche di evitare tempi eccessivi?

In pratica — ed è questo il secondo motivo — si preferisce evitare che la Celebrazione eucaristica sia interrotta da un rito piuttosto lungo, il che potrebbe rendere più difficile la partecipazione attenta e raccolta alla Santa Messa. Basti considerare che il numero dei metropoliti si aggira ormai ogni anno intorno ai 45.

E quest’anno?

Quest’anno son ben 46, anche se due di essi — un ghanese e un canadese — non potranno essere presenti personalmente. Tra loro ci sono due cardinali — Rainer Maria Woelki, di Berlino, e Francisco Robles Ortega, di Guadalajara — e il patriarca di Venezia, Francesco Moraglia. Il Paese maggiormente rappresentato è il Brasile con 7 presuli, seguito da Stati Uniti d’America, Canada e Filippine con 4, Italia e Polonia con 3, Messico, India e Australia con 2.

Lei ha parlato di sviluppo nella continuità. Cosa significa?

È un richiamo al terzo motivo: attenersi maggiormente allo svolgimento del rito di imposizione del pallio, così come previsto nel Cæremoniale Episcoporum, ed evitare che, a motivo della collocazione dopo l’omelia, si possa pensare a un rito sacramentale. Infatti i riti che vengono inseriti nella celebrazione eucaristica dopo l’omelia sono normalmente riti sacramentali. L’imposizione del pallio non ha invece in alcun modo natura sacramentale.

(©L’Osservatore Romano 27 giugno 2012)

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[Agradecimento a um nosso fiel leitor de Cabo Verde que nos fez chegar esta belíssima conferência]

RISCOPRIRE L’ESSENZIALE DELLA LITURGIA

                                                Collegio San Paolo, 21 marzo  2012

Incontro con i sacerdoti

Quale sarà il nostro percorso? La mia intenzione è quella di riproporre alcune verità fondamentali della liturgia – ne ricorderò quattro che ritengo prioritarie – e, in specie della celebrazione eucaristica, per considerare poi, di volta in volta, a quali conseguenze esse conducano dal punto di vista dello stile celebrativo. Le considerazioni proposte, come si può immaginare, sono ispirate in particolare all’insegnamento e all’esemplarità che il Santo Padre Benedetto XVI ci offre per quanto attiene alla liturgia.

L’opera di Cristo

Alcuni anni fa, nel 2009, è stata pubblicata una raccolta di contributi sulla liturgia del Cardinale Joseph Ratzinger, dal titolo: “Davanti al protagonista. Alle radici della liturgia”.

Il titolo è indicativo di ciò che troviamo alle radici del discorso sulla liturgia, di una delle sue grandi verità. Alle radici vi troviamo Gesù Cristo nell’attualità del suo sacrificio, il Protagonista, il vero e più importante Protagonista della liturgia.

Attraverso la liturgia, infatti, il Signore continua nella sua Chiesa l’opera della nostra Redenzione (cf. Sacrosanctum concilium, 2). Ciò che è stato nella storia, ovvero il mistero pasquale, il mistero della nostra salvezza, si rende oggi presente nella celebrazione liturgica della Chiesa. In tal modo il Salvatore non è un ricordo del tempo passato, ma è il Vivente che continua la sua azione salvifica nella Chiesa, comunicando la sua vita, che è grazia e anticipo di eternità.

Nella stessa celebrazione eucaristica, l’assemblea radunata risponde al “Mistero della fede”, successivo alla consacrazione, con le parole tanto significative: “Annunziamo la tua morte, Signore, proclamiamo la tua risurrezione, nell’attesa della tua venuta”. In questa formulazione della liturgia romana ritroviamo descritti i tre momenti propri di ogni celebrazione sacramentale: ovvero, la memoria del passato evento salvifico, la presente azione di grazia nella celebrazione, l’anticipazione della gloria futura.

In tal modo, la Chiesa, convocata per la celebrazione liturgica, rinnova ogni volta l’esperienza della verità dell’affermazione paolina: “Gesù Cristo è lo stesso ieri, oggi e sempre” (Eb 13, 9). Quel Gesù che ieri, in un preciso momento storico, ha vissuto il mistero della sua Incarnazione, Passione, Morte e Risurrezione, è lo stesso Gesù di cui oggi, nel tempo che scorre, si rinnova sacramentalmente il mistero della salvezza, così che tutti possano accedervi personalmente. Ed è sempre lo stesso Gesù che la Chiesa attende tornare nella gloria, pregustando però fin da ora, come anticipazione, la gioia della sua presenza e della sua opera.

La liturgia della Chiesa ha una modalità discreta e al contempo chiara, tra le molte altre, di ricordare al popolo di Dio, radunato per la celebrazione dei divini misteri, la presenza fondamentale del grande Protagonista. Mi riferisco al saluto liturgico “Il Signore sia con voi”, che più volte ricorre, ad esempio nella Messa. Questo saluto è scambiato tra celebrante e fedeli all’inizio della celebrazione, più avanti ritorna al momento della proclamazione del vangelo, ancora lo troviamo all’inizio della preghiera eucaristica e, infine, prima della benedizione finale e del congedo. Ogni volta viene così augurata e manifestata la presenza del Signore. All’inizio una tale presenza è invocata e affermata nella comunità radunata e, in un modo peculiare, nella persona del sacerdote a motivo del sacramento dell’ordine; al vangelo si ricorda la presenza del Signore nella sua parola proclamata e si chiede che diventi anche presenza radicata nel cuore dei fedeli; più tardi, introducendo la preghiera eucaristica, si annuncia la reale presenza di Cristo nel suo Corpo dato e nel suo Sangue sparso, presenza implorata per la vita di tutti; infine, prima della benedizione e del congedo, si invoca la presenza del Signore nella vita quotidiana dei suoi discepoli.

Lo splendore della nobile semplicità

La presenza misteriosa e reale di Cristo nella liturgia e il suo essere protagonista nel rito celebrato richiede lo splendore della nobile semplicità, secondo la celebre dizione del Concilio Vaticano II (cf. Sacrosanctum concilium, n. 34). Ho parlato di “splendore della nobile semplicità”, perché questa è l’espressione completa usata dai Padri Conciliari. In essa è dato riscontrare l’intrinseca relazione tra bellezza, nobiltà, semplicità.

Come sempre, ogni indicazione magisteriale deve essere letta e compresa nel contesto più ampio del tema di cui si tratta e in relazione di sviluppo armonico con l’intero insegnamento della Chiesa. In tal modo si vede con chiarezza quanto siano distanti dal vero quelle marcate insistenze nel richiamare una certa semplicità che, a volte, hanno indotto a rendere il rito liturgico sciatto, banale, noioso, insignificante. Si tratta di un modo di intendere la semplicità non fondato sull’insegnamento della Chiesa e la sua grande tradizione liturgica. Per non dire che, in alcune occasioni, un tale modo di considerare la nobile semplicità si traduce in quella che potremmo definire una poco nobile nuova complessità. Non si tratta di questo quando la liturgia diventa teatro di trovate soggettive ed estemporanee, con l’inserimento di simboli privi di autentico significato o talmente complessi da dover essere a lungo spiegati?

Torniamo all’autentica nobile semplicità ascoltando Benedetto XVI, nell’Esortazione apostolica post sinodale sull’Eucaristia Sacramentum caritatis: “Il rapporto tra mistero creduto e celebrato si manifesta in modo peculiare nel valore teologico e liturgico della bellezza. La liturgia, infatti, come del resto la Rivelazione cristiana, ha un intrinseco legame con la bellezza: è veritatis splendor… Tale attributo cui facciamo riferimento non è mero estetismo, ma modalità con cui la verità dell’amore di Dio in Cristo ci raggiunge, ci affascina, ci rapisce, facendoci uscire da noi stessi e attraendoci così verso la nostra vera vocazione: l’amore… La vera bellezza è l’amore di Dio che si è definitivamente a noi rivelato nel Mistero pasquale. La bellezza della liturgia è parte di questo mistero; essa è espressione altissima della gloria di Dio e costituisce, in un certo senso, un affacciarsi del Cielo sulla terra… La bellezza pertanto non è un fatto decorativo dell’azione liturgica; ne è piuttosto elemento costitutivo, in quanto è attributo di Dio stesso e della sua rivelazione. Tutto ciò deve renderci consapevoli di quale attenzione si debba avere perché l’azione liturgica risplenda secondo la propria natura” (n. 35).

Le parole del Papa, come sempre, hanno il grande dono della chiarezza. Ne consegue che non è ammissibile alcuna forma di minimalismo e di pauperismo nella celebrazione liturgica. E questo, certo, non per fare spettacolo o per un vuoto estetismo. Il bello, nelle diverse forme antiche e moderne in cui trova espressione, è la modalità propria in virtù della quale risplende nelle nostre liturgie, pur sempre pallidamente, il mistero della bellezza dell’amore di Dio. Ecco perché non si farà mai abbastanza per rendere semplici, in quanto chiari nel loro svolgimento, nobili e belli i nostri riti.

L’azione della Chiesa

“La bellezza intrinseca della liturgia ha come soggetto proprio il Cristo risorto e glorificato nello Spirito Santo, che include la Chiesa nel suo agire” (Sacramentum caritatis, n. 36). E’ Benedetto XVI, con queste parole, a ricordarci che la liturgia è azione del Cristo totale e, dunque, anche della Chiesa.

Dall’affermazione che la liturgia è azione della Chiesa derivano alcune considerazioni di non poca importanza per quella verità della liturgia che vado illustrando. In effetti, quando si dice che la Chiesa è soggetto agente si fa riferimento alla Chiesa tutta, in quanto soggetto vivente che attraversa il tempo, che si realizza nella comunione gerarchica, che è insieme realtà ancora pellegrinante sulla terra e realtà già approdata sulle rive della Gerusalemme celeste.

Celebrare la liturgia significa entrare nel “noi” della Chiesa che prega. Questo “noi” ci parla di una realtà, la Chiesa appunto, che va al di là dei singoli ministri ordinati e dei singoli fedeli, delle singole comunità e dei singoli gruppi. Perché lì la Chiesa si manifesta e si rende presente nella misura in cui si vive la comunione con la Chiesa intera, quella Chiesa che è cattolica, universale, di una universalità che raggiunge tutti i tempi, tutti i luoghi, e varca la soglia del tempo per lasciarsi raggiungere dall’eternità.

Ne consegue che fa parte dell’essenza della liturgia il fatto che questa abbia anzitutto il tratto della cattolicità, dove unità e varietà si compongono in armonia così da formare una realtà sostanzialmente unitaria, pur nella legittima diversità delle forme. E poi il tratto della non arbitrarietà, che evita di consegnare alla soggettività del singolo o del gruppo ciò che invece appartiene a tutti come tesoro ricevuto, da custodire e trasmettere. E ancora il tratto della continuità storica, in virtù della quale l’auspicabile sviluppo appare quello di un organismo vivo che non rinnega il proprio passato, attraversando il presente e orientandosi al futuro. E, infine, il tratto della partecipazione alla liturgia del cielo, per il quale è quanto mai appropriato parlare della liturgia della Chiesa come dello spazio umano e spirituale nel quale il cielo si affaccia sulla terra. Si pensi, solo a titolo esemplificativo, al passaggio della Preghiera eucaristica I, nella quale chiediamo: “…fa’ che questa offerta, per le mani del tuo angelo santo, sia portata sull’altare del cielo…”.

Un rinnovato amore per ciò che è oggettivo

Quasi a coronamento di quanto ora affermato, ritengo utile e significativo richiamare alla memoria alcuni brani di Romano Guardini. Sono tratti dal suo volume “Formazione liturgica” e risultano inseriti nel capitolo dedicato a “L’elemento oggettivo”.

Le parole del grande teologo hanno la capacità di condurci con autorevolezza a ritrovare la grazia e la vera bellezza in ciò che è oggettivo, ovvero nello splendore di quella liturgia che precede la nostra personale, variabile e troppo angusta sensibilità soggettiva, perché è azione di tutta la Chiesa. (mais…)

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Modifiche al rito approvate da Benedetto XVI

Un concistoro fra tradizione e innovazione

di Guido Marini

Il concistoro per la creazione dei cardinali si è sviluppato attraverso i secoli, assumendo una forma cerimoniale particolarmente ricca.
Nei secoli passati la creazione dei cardinali aveva luogo in un concistoro segreto, in cui il Papa annunciava i nomi dei neo-porporati.
Subito dopo i nuovi cardinali residenti a Roma venivano informati della loro nomina, ricevendo il «biglietto» che ha dato occasione al famoso discorso del beato cardinale Newman nel 1879.
Il pomeriggio dello stesso giorno, si recavano nel Palazzo Apostolico per ricevere la berretta rossa dal Santo Padre. Qualora un neo-cardinale, residente fuori dell’Urbe, non avesse potuto venire a Roma, riceveva la berretta rossa dal Papa per il tramite di un delegato speciale. In questi casi, il neo-porporato avrebbe dovuto promettere solennemente che entro un anno si sarebbe recato personalmente a Roma, per ricevere dal Papa il cappello rosso e il suo titolo.
Il successivo concistoro pubblico si svolgeva di solito nella basilica di San Pietro, ma a volte anche nella cappella Sistina o nella sala del Concistoro del Palazzo Apostolico. Fra i momenti più espressivi della cerimonia si ricordano l’atto di ubbidienza fatta dai neo-cardinali al Papa, l’imposizione del cappello rosso («galero») e la loro prostrazione durante il canto del Te Deum, con la testa coperta dal cappuccio della cappa. Immediatamente dopo avveniva il rito particolare dell’aperitio oris («apertura della bocca»), dal momento che il Santo Padre, all’atto della consegna della berretta rossa, aveva raccomandato ai nuovi cardinali di essere accorti e prudenti nell’uso della parola (occlusio oris, «chiusura della bocca»). In conclusione, il Papa consegnava a ciascuno dei cardinali un anello di zaffiro e gli assegnava una chiesa titolare o diaconia.
Nel periodo successivo al concilio Vaticano II, anche i riti per la creazione dei nuovi cardinali hanno assunto una forma più sobria e semplificata rispetto ai precedenti, conservandone comunque gli elementi essenziali.
Infatti, il concistoro, pur venendo meno la distinzione fra concistoro pubblico e segreto, ha mantenuto il giuramento, l’imposizione della berretta (al posto di quella del cappello) e l’assegnazione del titolo o della diaconia. La consegna dell’anello cardinalizio, invece, avveniva nella santa messa concelebrata dal Papa con i nuovi cardinali il giorno successivo al Concistoro.
Il testo rinnovato del Rito (cfr. Notitiae 5 [1969], 289-291) è stato usato per la prima volta da Paolo VI nel concistoro del giugno 1969. Come osservava Annibale Bugnini, il criterio principale che guidò la redazione del nuovo rituale fu la volontà di inserire in un rito liturgico ciò che comunque di per sé non fa parte della liturgia. Si voleva dare una forma celebrativa al concistoro evitando però, allo stesso tempo, ogni elemento che potesse dare l’idea di un nuovo «ordine sacro» o un «sacramento del cardinalato» (La Riforma liturgica 1948-1975, clv – Ed. Liturgiche, Roma 1983, p. 789, n. 15).
Tuttavia, in seguito, il concistoro ha subito ulteriori modifiche, che l’hanno avvicinato di più a una vera e propria liturgia della Parola.
Come ricordava lo stesso Benedetto XVI, il concistoro «è un evento che suscita ogni volta un’emozione speciale, e non solo in coloro che con questi riti vengono ammessi a far parte del collegio cardinalizio, ma in tutta la Chiesa, lieta per questo eloquente segno di unità cattolica. La cerimonia stessa nella sua struttura pone in rilievo il valore del compito che i nuovi Cardinali sono chiamati a svolgere cooperando strettamente con il Successore di Pietro, e invita il popolo di Dio a pregare perché nel loro servizio questi nostri Fratelli rimangano sempre fedeli a Cristo sino al sacrificio della vita se necessario, e si lascino guidare unicamente dal suo Vangelo» (Omelia al concistoro ordinario pubblico, 24 novembre 2007).
In questo senso, e per sottolineare i due aspetti che devono caratterizzare questo evento — la nuova responsabilità assunta dai cardinali e il contesto di preghiera –, dopo qualche variazione nella prassi degli ultimi concistori, si è ritenuto conveniente apportare alcune piccole modifiche, che sono state di recente approvate dal Santo Padre.
Anzitutto, non trattandosi propriamente di una celebrazione liturgica, il Santo Padre porta l’abito corale (con mozzetta e stola). All’inizio del rito, poi, il Santo Padre sosta per un momento di preghiera silenziosa, davanti alla Confessione, sulla tomba dell’apostolo Pietro.
Per le due orazioni all’inizio e alla conclusione del rito si riprendono i testi del 1969, provenienti dalla grande tradizione eucologica romana. Si tratta di testi della messa in occasione dell’anniversario dell’ordinazione episcopale del vescovo di Roma dal Veronense (il cosiddetto Sacramentarium Leonianum). Queste orazioni parlano esplicitamente dei poteri affidati alla Chiesa, in particolare di quello affidato a Pietro. Mentre in quella iniziale il Papa prega anche in modo diretto per se stesso, successore dell’Apostolo, per svolgere bene il suo ufficio, con quella conclusiva il Papa invoca la benedizione di Dio sui neo-porporati.
La proclamazione della Parola di Dio riprende la forma più breve, come nel rito del 1969, con la sola pericope evangelica (Marco, 10, 32-45). Vengono omessi una lettura e il salmo responsoriale.
L’anello cardinalizio viene consegnato insieme alla berretta e al titolo o diaconia nel corso del concistoro e non più nella santa messa del giorno successivo, che risulta così essere una celebrazione di ringraziamento al Signore per il dono dei nuovi cardinali alla Chiesa e «un’occasione quanto mai importante ed opportuna per riaffermare la nostra unità con Cristo e per rinnovare la comune volontà di servirlo con totale generosità» (Benedetto XVI, omelia al concistoro ordinario pubblico, 24 novembre 2007). All’inizio della messa, il primo tra i nuovi cardinali rivolge una parola di gratitudine al Santo Padre a nome di tutti i porporati. Tale saluto, nel rito precedente, era previsto all’inizio del concistoro.

(©L’Osservatore Romano 17 febbraio 2012)

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UFFICIO DELLE CELEBRAZIONI LITURGICHE
DEL SOMMO PONTEFICE 
 

LA LITURGIA, ITINERARIO DELL’ANIMA VERSO DIO

XLIII Congresso Internazionale
dell’Associazione “Sanctus Benedictus Patronus Europae”

Roma, 25 novembre 2011

 

Un’azione sacra per la santificazione dell’uomo

L’originalità tipica del Cristianesimo, che ne fa un “unicum” nella storia, è quella di non essere, propriamente parlando, una religione, bensì una fede. Che cosa si vuol dire con questo? Che il dinamismo dell’evento cristiano non procede dall’uomo per approdare a Dio, come culmine della ricerca, ma procede da Dio che si pone alla ricerca dell’uomo, lo viene a visitare, rivelandogli il mistero della sua vita intima.

In questo senso l’evento dell’Incarnazione è del tutto chiarificatore di quanto appena affermato. Gesù Cristo è il Figlio di Dio incarnato per noi, dono di salvezza per un’umanità altrimenti incapace, non solo di raggiungere con le proprie forze l’autentico Volto del divino, ma anche di scoprire in pienezza il senso della propria esistenza.

E’ per questo che quando si parla della vita cristiana se ne deve parlare sempre come di una chiamata dall’Alto che precede e rende possibile la risposta, di una grazia che fonda una responsabilità, di un dono inatteso che suscita corrispondenza. Insomma, nel cristianesimo il primato è sempre di Dio. Ed è a questo primato che è necessario rifarsi anche quando si entra nel grande tema della preghiera, del cammino spirituale dell’uomo, della vita liturgica della Chiesa.

Anche questi, ambiti, infatti, portano chiaro il segno della precedenza del Signore su qualsivoglia attività umana. Non esiste preghiera cristiana che non sia anzitutto suscitata dallo Spirito di Cristo nel cuore dell’uomo. Non si dà cammino spirituale che non proceda dalla grazia santificante. Non è pensabile una vita liturgica che non abbia come primo protagonista il Signore Gesù nell’esercizio della sua funzione sacerdotale.

“Giustamente perciò la liturgia è considerata come l’esercizio della funzione sacerdotale di Gesù Cristo. In essa, la santificazione dell’uomo è significata per mezzo di segni sensibili e realizzata in modo proprio a ciascuno di essi; in essa il culto pubblico integrale è esercitato dal corpo mistico di Gesù Cristo, cioè dal capo e dalle sue membra. Perciò ogni celebrazione liturgica, in quanto opera di Cristo sacerdote e del suo corpo, che è la Chiesa, è azione sacra per eccellenza, e nessun’altra azione della Chiesa ne eguaglia l’efficacia allo stesso titolo e allo stesso grado” (Concilio Vaticano II, Costituzione Apostolica, Sacrosanctum Concilium7).

In questo testo conciliare, ai fini della presente relazione, è necessario sottolineare due espressioni fondamentali, ovvero: “santificazione dell’uomo” e “azione sacra per eccellenza”. La relazione esistente tra questi due elementi della liturgia offre la ragione della scelta del passo citato, quale porta d’accesso al tema da trattare.

L’anima umana, ossia l’uomo, è chiamata a compiere l’itinerario verso Dio, a realizzare, pertanto, la propria santificazione. Questa è l’opera prima e decisiva della sua vita, il suo dovere primario (cfr. Pio XII, Lettera Enciclica Mediator Dei, 11). Ma un tale compito è realizzabile a partire da quell’azione sacra per eccellenza che è la liturgia: sacra perché azione di Cristo e del suo corpo che è la Chiesa; sacra perché esercizio della funzione sacerdotale di Gesù Cristo; sacra perché resa tale dalla potenza amorevole dello Spirito Santo.

Come afferma il beato Giovanni Paolo II, “la liturgia è il luogo privilegiato per questo incontro con Dio e con colui che ha inviato Gesu Cristo” (Lettera Apostolica Vicesimus quintus annus, 7). Infatti “le parole e i riti della liturgia sono… espressione fedele maturata nei secoli dei sentimenti di Cristo e ci insegnano a sentire come lui: conformando a quelle parole e gesti la nostra mente, eleviamo al Signore i nostri cuori” (Congregazione per il Culto divino e la Disciplina dei Sacramenti, Istruzione Redemptionis sacramentum, 5).

In tal modo siamo invitati a ricordare che esiste un legame essenziale tra la liturgia e la vita perfetta nella carità, il mistero di Cristo e l’itinerario dell’uomo verso Dio, tra il sacro e il santo nell’esperienza della fede. Se nessun’altra azione della Chiesa eguaglia l’efficacia della liturgia, vuol dire proprio che la possibilità di parlare adeguatamente di un itinerario spirituale verso Dio esiste anzitutto a partire da quell’azione sacra per eccellenza che è la celebrazione liturgica.

Sostiamo per un momento sul termine “sacro”. La liturgia costituisce il “sacro”, ne è il luogo privilegiato, ne determina e sviluppa il significato. Ma che cosa è propriamente questo “sacro”? La domanda, in verità, non è ben formulata. Correttamente deve essere riformulata così: “chi è il sacro”? In effetti il sacro è Gesù Cristo, secondo le parole sempre attuali di San Tommaso: “Sacrum absolute, ipse Christus” (Summa Theologiae III, 73, 1, 3m). Un tale “sacro” viene espresso, nella liturgia, con segni efficaci ed educativi, per l’opera dello Spirito Santo. Essi dicono all’uomo che è salvato e non si autosalva; che la salvezza, di conseguenza, è grazia e dono dall’Alto perché nessuno la trova originariamente e autonomamente in sé; che, in altre parole, è nel mistero di Cristo accolto e partecipato l’opera della nostra redenzione.

La liturgia “è essenzialmente actio Dei che ci coinvolge in Gesù per mezzo dello Spirito” (Benedetto XVI, Esortazione Apostolica Postsinodale Sacramentum caritatis, 37). Come ricordava l’allora Card. Ratzinger a Fontgombault, nel 2001, “Dio agisce nella liturgia attraverso Cristo e noi possiamo agire soltanto attraverso Lui e con Lui” (Opera omnia, Teologia della liturgia, p. 747).

La liturgia, quindi, possiede una sua sacralità o santità oggettiva alla quale ciascuno deve attingere per poter procedere nel cammino della propria santità, della santità personale e soggettiva. In questo legame con il “sacro” e, dunque, con una realtà oggettiva di grazia che ci precede, troviamo la specificità dell’itinerario dell’anima verso Dio a partire dalla liturgia.

Forse ora è più chiaro perché è del tutto appropriato il richiamo iniziale al testo citato dellaSacrosanctum Concilium. Lì, infatti, vi troviamo l’autorevole fondazione dell’itinerario dell’anima verso Dio in quanto radicato nella liturgia. Soltanto là dove Gesù Cristo, risorto da morte, si rende presente per l’azione dello Spirito Santo e l’uomo si lascia afferrare, trasformare e condurre nella fede si invera l’itinerario di un’anima verso Dio.

Lo sviluppo dell’itinerario verso Dio

Chiarito il punto di partenza, dobbiamo ora delineare, almeno in parte, lo sviluppo dell’itinerario dell’anima verso Dio a cominciare dall’esperienza del sacro liturgico, ovvero dalla presenza operante di Gesù Cristo incontrata nell’azione liturgica.

La sacra Scrittura

Cristo stesso “è presente nella sua parola, giacché è Lui che parla quando nella Chiesa si legge la sacra Scrittura” (Sacrosanctum Concilium, 7). Non si può che partire da qui per illustrare quanta parte abbia la Parola di Dio, ascoltata nella liturgia, nell’itinerario dell’anima verso Dio. Al riguardo desidero richiamare tre importanti implicazioni.

1. Vi sono certamente altri luoghi e momenti per l’ascolto personale e fruttuoso delle Scritture sante. Tuttavia, come sappiamo, la Parola del Signore, ascoltata nel contesto della celebrazione liturgica, si accompagna in modo del tutto particolare all’azione dello Spirito Santo, che la rende operante nel cuore dei fedeli. La Scrittura, proclamata dalla Chiesa nel culto liturgico, è la Parola viva e attuale di Dio, così che si rende possibile un rapporto personale tra Dio e l’uomo nella successione del tempo.

Commentando un passo della Genesi, così si esprime sant’Ambrogio: “Che significa che Dio passeggiava nel paradiso, dal momento che egli è sempre in ogni luogo? Penso voglia dire questo: Dio passeggia attraverso i vari testi delle divine Scritture nelle quali è sempre presente” (De Paradiso, 14, 18). E’ proprio questa l’esperienza sempre nuova che si dischiude davanti all’anima che ascolta la Parola del Signore, nella Chiesa riunita in preghiera.

Sia che la si ascolti, sia che la si legga o proclami, sia che la si annunci, la Scrittura santa chiede di essere avvicinata e accolta con lo stupore grato della fede; quella fede che sa riconoscere qui e ora la voce del suo Signore che parla al suo popolo, che si rivolge a ciascuno in modo personale e unico. E’ proprio Cristo che parla alla comunità radunata, come quel giorno nella sinagoga di Nazaret, quando tutti gli occhi rimasero puntati su di lui. La voce umana che risuona nel luogo sacro è solo un segno che rimanda alla voce stessa di Cristo che risuona oggi, nel tempo della nostra vita.

Così, per il tramite della liturgia, l’anima apprende per esperienza diretta che cosa significa ascoltare e accogliere la Parola di Dio, non come parola di uomini, ma quale è veramente: Parola di Dio che mette a giudizio ogni altra parola che proviene dal mondo.

2. Inoltre, l’atto liturgico ha la capacità di sottrarre la pagina della Scrittura al gusto soggettivo e transitorio, donandola all’anima umana quale voce di Dio da accogliere, al presente, nella propria vita. In tal modo, il primato non è dato alla disposizione interiore individuale, ma a ciò che nell’oggi dell’atto liturgico il Signore desidera dire al suo popolo, educandolo alla vita evangelica.

Un esempio, forse, potrà esserci di aiuto per una migliore comprensione di quanto si va affermando. Quando partecipiamo a una celebrazione liturgica, noi vi entriamo con un particolare stato d’animo e accompagnati dalle molteplici esperienze di vita che hanno caratterizzato una singola giornata o un particolare periodo. E’ quasi naturale, in quel contesto, avvertire l’esigenza di una Parola che venga a illuminare ciò che stiamo vivendo. E, fosse per noi, probabilmente andremmo alla ricerca di un passo della Scrittura il più possibile confacente, in quel momento, alle nostre aspettative spirituali.

Con la liturgia, invece, questo non avviene. In qualunque situazione personale ci veniamo a trovare, la Parola del Signore ci è donata in qualche modo a prescindere da noi stessi. Anzi, siamo invitati a uscire dai noi stessi e dal nostro piccolo mondo per entrare nei più ampi spazi della volontà di Dio che, in quella Parola ascoltata nella Chiesa, raggiunge l’uomo come dono inatteso e norma di vita.

Ecco la grazia della Parola sacra accolta nell’atto liturgico! La grazia di rimanere coinvolti in un disegno più grande di noi. La grazia di imparare l’ascolto vero, capace di mettere da parte le personali priorità rendendosi disponibili alle priorità di Dio. La grazia di essere educati a fare della propria vita un atto di obbedienza, nella fede, alla volontà di Dio. Si tratta, in altre parole, di aprirsi alla potenza benefica della Verità, che non è soggetta a ciò che è transitorio, emotivo, opinabile.

Perché una tale grazia possa essere accolta abbiamo bisogno dell’intima azione dello Spirito Santo che rende operante nel nostro cuore la Parola di Dio (cfr. Benedetto XVI, Esortazione Apostolica Postsinodale Verbum Domini, 52). Anche per questo l’Ordinamento Generale del Messale Romano ci ricorda che “la Liturgia della Parola deve essere celebrata in modo da favorire la meditazione; quindi si deve assolutamente evitare ogni forma di fretta che impedisca il raccoglimento. In essa sono opportuni anche brevi momenti di silenzio, adatti all’assemblea radunata, per mezzo dei quali, con l’aiuto dello Spirito Santo, la parola di Dio venga accolta nel cuore e si prepari la risposta con la preghiera” (n. 56). (mais…)

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