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crucifijo-exorcismo

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Presentamos nuestra traducción de un artículo, publicado en L’Osservatore Romano, en el cual Mons. Luigi Negri, obispo de San Marino-Montefeltro, en el contexto de un curso sobre el ministerio del exorcismo, se refiere a la creciente acción demoníaca en la sociedad actual.

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“Es un fenómeno de gran profundidad, complejidad y perversidad”. Se trata de la acción del demonio que “condiciona la vida tratando de socavar la fe del corazón de los hombres”. De hecho, “hay una presencia diabólica ciertamente en la mentalidad que domina nuestra sociedad”, “una mentalidad sustancialmente atea, diabólica en el sentido de decir: «si se quita a Dios, el hombre se realiza plenamente»”.

Ya el Beato Juan Pablo II, cuando en 1976 predicó los ejercicios espirituales a Pablo VI, dedicó un capítulo a esta “propagación de la mentalidad del pecado original en la historia de la cultura moderna y contemporánea”, y por eso “es necesario que el fenómeno sea planteado con claridad desde el punto de vista cultural”.

Con estas palabras, el obispo de San Marino-Montefeltro, Luigi Negri, miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Italiana, ha explicado a nuestro periódico el contexto del séptimo Curso sobre el ministerio del exorcismo, que tuvo lugar en Bolonia y en Roma – simultáneamente en video-conferencia – del 16 al 21 de abril pasados, en las sedes de los organizadores, el Grupo de investigación e información socio-religiosa (Gris) y el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum.

Con el patrocinio de la Congregación para el Clero, en el curso han participado más de doscientos personas: más de la mitad sacerdotes, algunos religiosos y el resto laicos, hombres y mujeres, la mayor parte proveniente de Italia y de otros países europeos. Ha habido también una consistente representación de los Estados Unidos y de América Latina, en particular de Brasil, pero también de Canadá y de Israel, por citar algunos ejemplos. Entre los participantes había sacerdotes que se están preparando al ministerio del exorcismo; los otros inscritos buscaban una formación específica para su compromiso eclesial o para su profesión.

Monseñor Negri, a cargo de la lección inaugural, subrayó que el curso ha sabido afrontar todos los aspectos – antropológicos, fenomenológicos y sociales; teológicos, litúrgicos, canónicos, pastorales y espirituales; médicos, neuro-científicos, farmacológicos y psicológicos, e incluso criminológicos, legales y jurídicos – “también los más problemáticos, con un notable peso cultural”.

El obispo recuerda que “el poder que la Iglesia tiene sobre el demonio, que es el mismo poder que tenía Cristo, forma parte integral de su misión y se expresa como diaconía de la verdad y diaconía de la caridad”. Por eso se trata de “dar una claridad de juicio sobre la presencia del mal, del demonio, en la normalidad de la vida cultural y social, y acompañar a aquellos que son agredidos por el poder del demonio con un amplio y signicativo camino de caridad”, a cuyo término “en ciertas situaciones está, de hecho, el exorcismo”. Este es un acto litúrgico – cuyo ejercicio compete al sacerdote autorizado por el obispo – que se podría definr como “ministerio de consolación” que debe ejercerse teniendo en cuenta una mirada más amplia porque, más allá de los casos específicos, “estamos frente a una humanidad que debe ser librada del error y debe ser consolada en el camino de la vida, ejerciendo para con ella – recuerda monseñor Negri – la misma caridad que el Señor ha tenido con los primeros que ha encontrado”.

El extremo sufrimiento humano es el denominador común de todos los aspectos que, con serenidad y seriedad, han afrontado los relatores y los participantes durante el curso. Porque la acción extraordinaria del demonio inflinge un sufrimiento indecible, por infestación, vejación, obsesión o posesión. Y porque se constata el aumento de tal acción en nuestro tiempo a través del contacto de la gente, cada vez más frecuente, con el mundo de lo oculto y con sus más diversas expresiones.

Acción extraordinaria entre cuyas causas se puede identificar el ejercicio de ritos maléficos contra una persona o el acercamiento más o menos directo a prácticas ocultas. Como demuestra la experiencia de los exorcistas, son grietas por donde penetra la acción demoníaca. Por eso, de hecho, no son irrelevantes – por citar sólo algunas situaciones – el hecho de que se frecuenten médiums o magos, la superstición, la participación en reuniones espiritistas y en ritos esotéricos, sectas y cultos satánicos. Todo esto, con un mayor o menor nivel de participación.

Presente en cualquier ámbito, la fenomenología de las “sectas” ha sido minuciosamente examinada durante el curso por su incesante crecimiento respecto tanto a la variedad como al número de adeptos. Y si bien no todas las sectas son específicamente satánicas, los relatores las han definido en su conjunto como diabólicas por naturaleza, ya que, bajo un manto de secreto, su único fin es a veces sólo explotar a la persona vulnerable, privándola de su libertad – que es destruida, dañando asi la familia y la sociedad -, pisoteando sus derechos, imponiéndole un modelo estricto de existencia, encerrándola en una estructura totalizante, llevándola a un aislamiento social y afectivo y, por eso, a una despersonalización a través de los numerosos abusos más o menos evidentes.

Un contexto dramático, por las repercusiones no raramente criminales, en el cual abundan las sustancias psicoactivas – una de las formas más directas de alteración del comportamiento – y acciones rituales de la más diversa naturaleza, hasta incurrir en el peligro de lesiones y de muerte y en desviaciones sacrílegas.

El sentido religioso no tiene nada que ver con las sectas. Estas, a lo sumo, lo instrumentalizan, también en su logrado acercamiento a los jóvenes, muchos menores de edad. A estos factores se añade, además, la fascinación que el satanismo ejerce en los adolescentes. Los satanistas propiamente dichos no son numerosos, pero – también a través de internet – está muy difundida la cultura satánica, donde no es rara la instigación a la violencia y el suicidio.

El sustrato de todas estas tendencias es la búsqueda del poder que penetra por todas partes, que impulsa la pretensión de sacar determinados beneficios de una situación de alejamiento de Dios. Con raíces precisas en la dictadura del relativismo, en la crisis de las relaciones interpersonales en un panorama hiper-tecnológico, en la exaltación del subjetivismo, en el delirio de omnipotencia que hace de la persona un “dios”.

Es urgente, entonces, repasar estos casos para mantener alta la prevención, para dar ayuda y claramente para prestar la debida atención pastoral a todas las personas que viven un insoportable sufrimiento espiritual y cargan con sus devastadoras consecuencias. Estas personas tienen necesidad de acogida, de escucha, de acompañamiento, de un auténtico rescate, que ellas mismas piden. Todo esto exige del sacerdote, y sobre todo del exorcista (y de la ciencia), una buena dosis de prudencia y de discernimiento para llegar – frente a la manifestación de determinados signos – a una certeza sobre el nexo causa-efecto. Sin caer en la credulidad, pero tampoco en el racionalismo que descarta a priori una manifestación preternatural.

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