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CARTA A LAS MADRES DE SACERDOTES Y SEMINARISTAS Y A CUÁNTAS EJERCEN CON ELLOS LA MATERNIDAD ESPIRITUAL

 

En la solemnidad de María Santísima Madre de Dios
REDACCION

CIUDAD DEL VATICANO, Sunday 30 December 2012 (Zenit.org).

 

Ofrecemos en exclusiva la carta que el prefecto de la Congregación para el Clero, cardenal Mauro Piacenza, dedica a las madres de sacerdotes y seminaristas y a todas aquellas que ejercen el don de la maternidad espiritual hacia ellos.

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Causa nostrae Letitiae – ¡Causa de nuestra Alegría!”

El pueblo cristiano ha venerado siempre, con profunda gratitud, a la Bienaventurada Virgen María, contemplando en Ella la Causa de toda nuestra verdadera Alegría.

En efecto, acogiendo la Palabra Eterna en su seno inmaculado, María Santísima dio a luz al Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, único Salvador del mundo. En El, Dios mismo vino al encuentro del hombre, lo levantó del pecado y le donó la Vida eterna, es decir Su misma Vida. Adhiriéndose a la Voluntad de Dios, Dio, por tanto, María participó, de modo único e irrepetible, en el misterio de nuestra redención, convirtiéndose así en Madre de Dios, Puerta del Cielo y Causa de nuestra Alegría.

De modo análogo, la Iglesia toda mira, con admiración y profunda gratitud, a todas las madres de los sacerdotes y de cuantos, recibida esta altísima vocación, han emprendido el camino de formación, y con profunda alegría me dirijo a ellas.

Los hijos, que ellas acogieron y educaron, fueron elegidos por Cristo desde la eternidad, para convertirse en sus “amigos predilectos” y, así, vivo e indispensable instrumento de su Presencia en el mundo. Por medio del sacramento del orden, la vida de los sacerdotes es definitivamente asumida por Jesús e inmenrsa en El, de modo que en ellos, es Jesús mismo el que pasa y actúa entre los hombres.

Este misterio es tan grande que el sacerdote es también llamado “alter Christus” –“otro Cristo”. Su pobre humanidad, elevada por la fuerza del Espíritu Santo a una nueva y más alta unión con la persona de Jesús, es ahora lugar del Encuentro con el Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Cuando cada sacerdote enseña la fe de la Iglesia, es Cristo el que habla en él, habla al Pueblo; cuando, prudentemente, guía a los fieles a el confiados, es Cristo el que apacienta a las propias ovejas; cuando celebra los sacramentos, en modo eminente la Santísima Eucaristía, es Cristo mismo el que a través de sus ministros, obra la Salvación del hombre y se hace realmente presente en el mundo.

La vocación sacerdotal, normalmente, tiene en la familia, en el amor de los padres y en la primera educación en la fe, aquél terreno fértil en el cual la disponibilidad a la voluntad de Dios puede radicarse y extraer la indipensable nutrición. Al mismo tiempo, cada vocación es, incluso para la misma familia en la que surge, una irreductible novedad, que huye a los parámetros humanos y llama a todos, siempre, a la conversión.

En esta novedad, Cristo actúa en la vida de aquellos que ha elegido y llamado, todos los familiares –y las personas más cercanas– están implicados pero es ciertamente única y especial la participación que corresponde a la madre del sacerdote. Únicas y especiales son los consuelos espirituales que le afluyen por haber llevado en su seno a quien se ha convertido en ministro de Cristo. Toda madre no puede sino alegrarse en ver la vida del propio hijo, no sólo realizada sino investida de una especialísima predilección divina que abraza y trabsforma para la eternidad.

Si aparentemente, en virtud de la vocación y la ordenación, se produce una inesperada “distancia”, respecto a la vida del hijo, misteriosamente más radical de toda otra separación natural, e realidad la bimilenaria experiencia de la Iglesia enseña que la madre “recibe” al hijo sacerdote en un modo totalmente nuevo e inesperado, tanto como para ser llamada a reconocer en el fruto del proprio seno, por voluntad de Dios, un “padre”, llamado a generar y acompañar la vida eterna en una multitud de hermanos. Cada madre de un sacerdote es misteriosamente “hija de su hijo”. Hacia el podrá ejercer también una nueva “maternidad”, en la discreta, pero eficacísima e inestimablemente valiosa, cercanía de la oración y en la ofrenda de la propia existencia por el ministerio del hijo.

Esta nueva “paternidad”, a la que el seminarista se prepara, que al sacerdote es donada y de la cual el Pueblo Santo de Dios se beneficia, necesita ser acompañada por la oración asidua y por el personal sacrificio, para que la libertad de adhesión a la voluntad divina se renueve y robustezca continuamente, para que los sacerdotes no se cansen nunca, en la cotidiana batalla de la fe y unan, cada vez más totalmente, la propia vida al sacrificio de Cristo Señor.

Tal obra de auténtico sostén, siempre necesaria en la vida de la Iglesia, parace hoy más urgente que nunca, sobre todo en nuestro Occidente secularizado, que espera y pide un nuevo y radical anuncio de Cristo y las madres de los sacerdotes y de los seminaristas son un verdadero “ejército” que, desde la tierra eleva al Cielo oraciones y ofrendas y, todavía más numeroso, desde el Cielo intercede para que cada gracia sea derramada sobre la vida de los sacros pastores.

Por esta razón, deseo con todo el corazón animar y dirigir un particularísimo agradecimiento a todas las madres de los sacerdotes y seminaristas y –junto a ellas- a todas las mujeres, consagradas y laicas, que han acogido, también por la invitación dirigida a ellas durante el Año Sacerdotal, el don de la maternidad espiritual hacia los llamados al ministerio sacerdotal, ofreciendo la propia vida, la oración, le propios sufrimientos y las fatigas, como también las propias alegrías, por la fidelidad y la santificación de los ministros de Dios, haciéndose así partícipes, a título especial, de la maternidad de la Santa Iglesia, que tiene su modelo y su cumplimiento en la divina maternidad de María Santísima.

Un especial agradecimiento, por último, se eleve hasta el Cielo, a aquellas madres, que, llamadas ya de esta vida, contemplan ahora plenamente el esplendor del Sacerdocio de Cristo, del cual sus hijos se ha convertido en partícipes, y por ellos interceden, en modo único y, misteriosamente, mucho más eficaz.

Junto a los más sentidos augurios por una Año Nuevo de gracia, de corazón imparto a todas y a cada una la más afectuosa bendición, implorando para vosotras de Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y de los sacerdotes, el don de una cada vez más radical identificación con Ella, discípula perfecta e Hija de su Hijo.

Mauro Card. Piacenza

Prefecto de la Congregación para el Clero

In Zenit

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Messaggio ai Sacerdoti

in occasione dell’apertura dell’Anno della Fede

del Cardinal Mauro Piacenza

Prefetto della Congregazione per il Clero

 

 

Carissimi Confratelli,

 

il prossimo 11 ottobre il Santo Padre Benedetto XVI, con una solenne concelebrazione, inaugurerà l’Anno della Fede, indetto in occasione del Cinquantesimo Anniversario dell’apertura dei lavori del Concilio Ecumenico Vaticano II e del Ventesimo Anniversario della promulgazione del Catechismo della Chiesa Cattolica. Due eventi di straordinaria importanza ed intimamente legati: il Concilio, infatti, è autenticamente interpretato dal Catechismo e quest’ultimo è, in realtà, il “Catechismo del Concilio”, in ascolto del quale è sempre necessario porsi per attuare le autentiche riforme che lo Spirito Santo ha suggerito alla Chiesa ed i Padri conciliari hanno autorevolmente indicato nei Testi di quella nobile Assise.

I sacerdoti, in ogni circostanza, e qualunque sia il ministero loro affidato dai rispettivi Ordinari, devono sempre considerarsi “in cura d’anime”, ed è parte integrante di tale cura animarum, l’esercizio testimoniale e dottrinale del Munus docendi.

È affidata anche a ciascuno di noi, carissimi confratelli, la corretta ermeneutica dei Testi del Concilio Ecumenico Vaticano II, i quali, a distanza di cinquant’anni, mantengono tutta la loro profezia pneumatica e domandano di essere conosciuti, nella continuità della Tradizione ecclesiale e nell’anelito di Riforma di cui sono eco ed orizzonte. Il miglior modo, poi, per attuare gli insegnamenti conciliari è far conoscere il Catechismo della Chiesa Cattolica, strumento sicuro di riferimento dottrinale e morale.

La Congregazione per il Clero intende offrire mensilmente, per l’Anno della Fede, alcuni spunti di riflessione per la formazione permanente, con l’auspicio che, dando priorità alla fede ed alle conseguenze esistenziali dell’incontro intimo, personale e comunitario con il Risorto, possa essere sostenuta la perenne riscoperta di ciò che siamo come sacerdoti ed il conseguente valore degli atti che compiamo. Nell’orizzonte della fede si collocano infatti tutte le azioni sacramentali del Sacerdote, il quale, nella Chiesa e a nome di Cristo Signore, attua la salvezza offerta a tutti gli uomini. Senza questo orizzonte dilatato “fino al Cielo”, è sempre in agguato il pericolo di un funzionalismo mondanizzante, che rischia di risolversi nella pretesa di affrontare con mezzi e criteri meramente umani, quelle che appaiono come le sfide emergenti della nostra epoca.

La vera sfida, al contrario, è quella che Cristo Risorto ed il suo Corpo che è la Chiesa, lanciano da duemila anni al mondo: una sfida d’amore, di verità e di pace, di autentico compimento e di profonda reale umanizzazione del mondo.

Con l’augurio di un intenso, appassionato e fecondo Anno della Fede, di cuore invoco su ciascuno la protezione della Beata sempre Vergine Maria, Regina degli Apostoli e Madre della Chiesa, e tutti e ciascuno di cuore largamente benedico.

 

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EL CONCILIO VATICANO II FUE VERDADERAMENTE PROFÉTICO (I)

Entrevista exclusiva con el cardenal Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 10 septiembre 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos la primera parte de una entrevista concedida en exclusiva a ZENIT por el cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero de la Santa Sede.

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Eminencia, con esta entrevista Zenit pretende inaugurar una serie de trabajos para el Año de la Fe, focalizando la atención sobre el Concilio Vaticano II, en la circunstancia de su 50 aniversario, ¿cómo es que hay tanto debate acerca este evento eclesial?

–Card. Piacenza: El debate es siempre positivo porque es un índice de vitalidad y de voluntad de querer profundizar. Si después aquello por lo cual se debate no es exclusivamente humano, sino que es, como un Concilio Ecuménico, un acontecimiento humano y, a la vez, sobrenatural – porque es el Espíritu Santo quien guía la Iglesia hacia la progresiva y llena comprensión de la única Verdad revelada – entonces existe menos estupor por el hecho que la comprensión de los dictámenes conciliares pida decenios de discusión – y hasta de debate – siempre en el surco de la escucha de aquello que el Espíritu Santo ha querido decir a la Iglesia en aquella extraordinaria Audiencia.

Cuál debería ser la justa postura sobre el Concilio?

–Card. Piacenza: La de la escucha. De hecho, el Concilio Vaticano II ha sido el primer Concilio “mediático”, cuyas fisiologías dinámicas de confrontación y los mismos escritos del mismo fueron inmediatamente difundidos por los medios de comunicación, pero no siempre con su real visión y, tantas veces, orientándolos hacia la comprensión en una manera mundana. Pienso que sea particularmente interesante – y quizás necesario – volver o, mejor, caminar hacia una atenta escucha de todo aquello, que el Espíritu Santo ha querido realmente decir a toda la Iglesia por medio de los Padres conciliares. Tal dinámica de profundización, tal “justa postura”, se realiza mediante la lectura directa de los textos, de la que se puede evidenciar el auténtico espíritu del Concilio y su exacta colocación dentro de la total historia eclesial y de la génesis redaccional.

Según se dice, algunas posturas, también del Magisterio, parece que vayan “contra” el Concilio, ¿es posible?

—-Card. Piacenza: Basta considerar los pronunciamientos del Magisterio auténtico postconcilar a nivel universal a fin de constatar que eso no ha ocurrido. Otra cosa diversa es favorecer la correcta recepción de las decisiones conciliares, esclarecer el significado de determinadas afirmaciones, corregir como se debe interpretaciones unilaterales y algunas hasta equivocadas, artificialmente inducidas por quien lee los eventos pneumáticos eclesiales con lentes exclusivamente humanas e históricas. El servicio eclesial del Magisterio, que profundiza sus raíces en la explícita Voluntad divina, prepara los Concilios Ecuménicos, se actúa en ellos en su máxima expresión y, en las fases sucesivas, a ellos obedece favoreciendo la correcta recepción.

¿Qué es verdaderamente la “hermenéutica de la continuidad” de la que habla muchas veces el Santo Padre? (mais…)

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Autor http://www.flickr.com/photos/irishcollegerome/

Frente al actual analfabetismo religioso, la catequesis debe enseñar lo que Dios ha dicho, sin dejarse llevar por las cuestiones metodológicas: es la consigna del Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, pronunciada en un Congreso sobre la catequesis, según informa esta nota de L’Osservatore Romano, cuya traducción ofrecemos.

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“Iniciación cristiana y nueva evangelización” es el tema del Congreso internacional sobre la catequesis promovido por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, inaugurado en la mañana del martes 8 de mayo, en la Domus Mariae de Roma, con la Misa celebrada por el Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero.

“La primera lectura, que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles – dijo el purpurado en la homilía – lleva en sí las palabras con las cuales el Santo Padre Benedicto XVI ha querido titular la Carta con la que convoca el Año de la Fe, por el 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y por el 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católoca, instrumento indispensable para la correcta hermenéutica de los textos conciliares”.

En el texto, de hecho, leemos que los Apóstoles “reunieron a la Iglesia y refirieron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos”. Qué significa este abrir la puerta de la fe a los hombres de todo tiempo y lugar, lo explicó claramente el Cardenal: “¡Es tarea, sobre todo, de Dios mismo! Si perdemos de vista este «primado» de la Obra de Dios, cualquier esfuerzo nuestro estará destinado a no producir los frutos esperados. Es Dios quien abre la puerta de la fe a nuestros hermanos y lo hace, sobre todo, a través de su Hijo unigénito. Él es la «puerta de las ovejas», camino universal y único de salvación para todos los hombres”.

La imagen de la “puerta” es particularmente “eficaz porque habla de un «entrar» en una nueva dimensión, en una realidad que el hombre no puede darse a sí mismo, sino que es completamente don de Dios”. Sin embargo, ha puesto en evidencia el purpurado, esta realidad de don, que es “Dios mismo, pide el movimiento de nuestra libertad, pide que el umbral de la «puerta», abierta por Dios, sea atravesado por cada uno de nosotros”. He aquí por qué “la salvación, universalmente ofrecida, no puede de ningún modo ser eficaz sin el concurso de la libertad creada, que, sostenida por la Gracia, «da el paso» y cruza la vpuerta de la fe»”. De aquí nace la grandísima tarea de la catequesis de la iniciación cristiana, sobre todo en el horizonte de la nueva evangelización, que es, entonces, por lo menos doble.

“Por un lado, la catequesis – ha dicho – debe colaborar con el Señor en «abrir la puerta de la fe», mostrando, de modo profundamente razonable y humanamente, incluso afectivamente, percibible, la gran posibilidad de vida, de significado y de realización que Dios ofrece a los hombres”. De hecho, añadió el purpurado, “si no volvemos a hacer emerger toda la racionalidad, el atractivo e incluso la «conveniencia humana» del cristianismo, si no emerge toda la luz que proviene de la «puerta de la fe», muy difícilmente la perspetiva cristiana podrá resultar fascinante”. Por otro lado – agregó –, “la catequesis está llamada a sostener la inteligencia de la fe, a traves del conocimiento de la Revelación, tanto en sus aspectos racionales como en aquellos más tipícamente doctrinales, que son su traducción histórica”.

Una referencia, luego, al concilio Vaticano II: “debemos reconocer cómo la misma vida moral, tanto dentro como fuera de la Iglesia, ha sido terriblemente debilitada por una insuficiente catequesis, por una formación incapaz, tal vez, de dar las razones de las exigencias del Evangelio y de mostrar, en la experiencia existencial concreta, cómo éstas son extraordinariamente humanizantes. ¡Todo esto, ciertamente, no por culpa del Concilio!”.

Por esa razón, la catequesis es siempre también una narratio. En el texto citado encontramos que los los Apóstoles “refirieron todo lo que Dios había hecho”. En él se contiene, “en pocas palabras, toda la obra de una catequesis que no es sólo transmisión de verdades doctrinales, sino que se convierte también en posibilidad de participación en el mismo Evento de la fe, en el mismo Evento-Cristo”. “La dimensión doctrinal, sin embargo – subrayó -, bien lejos de ser secundaria, representa el modo concreto de la narratio, la cual de otra manera correría el riesgo de volverse arbitraria y subjetiva y, por eso, ya no creíble. Como ha recordado el Santo Padre en la homilía de la santa Misa Crismal, estamos frente a «un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente»”. La catequesis, concluyó el cardenal -, sobre todo la de iniciación cristiana, tiene esta gran tarea: “¡Vencer el analfabetismo religioso, enseñando «qué nos ha dicho Dios»!”. ¡Y sin dejarse paralizar por las interminables cuestiones metodológicas! Los problemas metodológicos, queridos amigos, son superados por los santos que, con su sencillez y vida, son la catequesis viviente más eficaz que Dios mismo ofrece a su pueblo”.


Fuente: 
Il blog degli amici di Papa Ratzinger

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Caros Sacerdotes,

Na próxima solenidade do Sagrado Coração de Jesus (que será no dia 15 de junho de 2012) celebraremos, como de costume, a “ Jornada Mundial de Oração pela Santificação do Clero”.
A expressão da Escritura, «esta é a vontade de Deus: a vossa santificação !» (1Ts 4,3), mesmo que dirigida a todos os cristãos, refere -se de modo particular a nós, sacerdotes, que respondemos não apenas ao convite de “santificar -nos”, mas também àquele de nos tornarmos “ministros da santificação” para os nossos irmãos.
Em nosso caso, esta “vontade de Deus”, por assim dizer, redobrou -se, multiplicou-se ao infinito, e isto de tal modo que podemos e devemos obedecê -la em cada ação ministerial que levamos a cabo.
Este é o nosso magnífico destino: não podemos santificar-nos sem trabalhar pela santificação dos nossos irmãos, e não podemos trabalhar pela santificação dos nossos irmãos sem que primeiro tenhamos trabalhado e ainda trabalhemos em nossa própria santificação.
Introduzindo a Igreja no novo milênio, o Beato João Paulo II nos recordava a normalidade deste “ideal de perfeição”, que deve ser oferecido desde o início a todos: «Perguntar a um catecúmeno: “Queres receber o Batismo?” significa ao mesmo tempo perguntar-lhe: “Queres fazer-te santo?”»1.
Certamente, no dia da nossa Ordenação Sacerdotal, esta mesma pergunta batismal ressoou novamente em nosso coração, solicitando ainda a nossa resposta pessoal; mas esta nos foi feita, também, para que soubéssemos transmiti -la aos nossos fiéis, conservando-lhe a beleza e a preciosidade.

PDF do texto completo

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Il prefetto della Congregazione per il Clero sulla formazione di sacerdoti e religiosi

Nell’umanità di Cristo
il primo fattore educativo

“A immagine della santa Umanità di Cristo” è il titolo della lectio magistralis al corso di formazione umana per il sacerdozio e la vita consacrata che il cardinale prefetto della Congregazione per il Clero ha tenuto lunedì 21 novembre all’Istituto Camillianum di Roma. Ne pubblichiamo stralci.

 

di MAURO PIACENZA

Di fronte a quest’uomo, che è domanda di significato e che vive i valori non come imposizioni esterne alla propria coscienza, ma come il fiorire vigoroso delle proprie domande fondamentali (vivo la giustizia perché sono bisogno di giustizia; vivo la verità perché sono bisogno di verità) si pone Cristo. Prima di qualunque atto di fede in Gesù di Nazareth Signore e Cristo, è necessario sottolineare come l’evento-Cristo abbia una propria irriducibile dimensione storica.
Lo ha efficacemente ricordato Benedetto XVI nell’incipit della sua prima enciclica Deus caritas est, nella quale l’essere cristiano è definito come “incontro con un avvenimento, con una Persona” (n. 1). L’incontro, dunque, presuppone qualcosa-qualcuno di “altro” da me, che mi si fa incontro e che io posso incontrare. Le conseguenze di questa chiarificazione sull’essenza del cristianesimo sono immediatamente recepibili da tutti: da un lato la fedeltà al dato storico esclude ogni autoreferenzialità soggettiva, intimistica o autoproiettiva nel rapporto con Cristo e, dall’altro, ancora più profondamente, la dimensione storica risulta radicalmente incompatibile con ogni concezione idealista e relativista, che affermi l’impossibilità dell’uomo di conoscere la realtà. (mais…)

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MENSAGEM DO PREFEITO DA CONGREGAÇÃO PARA O CLERO

O CARDEAL MAURO PIACENZA

POR OCASIÃO DO ADVENTO / 2011

Reverendos e estimados Sacerdotes,

Neste especial Tempo de graça, Maria Santíssima, Ícone e Modelo da Igreja, deseja introduzir-nos naquela que é a constante atitude do seu Coração Imaculado: a vigilância.

De fato, é na vigilância orante que a Virgem constantemente viveu. Na vigilância recebeu o Anúncio que transformou a história da humanidade. Na vigilância guardou e contemplou, mais do que qualquer outro, o Altíssimo que se fazia seu Filho. Na vigilância, informada por um amoroso e grato estupor, deu à luz a própria Luz e, juntamente com São José, fez-se discípula Daquele que dela nasceu, adorado pelos pastores e sábios, acolhido com exultação pelo velho Simeão e pela profetiza Ana, temido pelos doutores do templo, amado e seguido pelos discípulos, hostilizado e condenado pelo Seu povo. Na vigilância do seu Coração materno, seguiu a Cristo Jesus até a Cruz, onde, na imensa dor do seu coração traspassado, acolheu-nos a todos como seus novos filhos. Na vigilância esperou com firmeza a Ressurreição e foi assunta aos Céus.

Caríssimos amigos, Cristo guarda incessantemente a sua Igreja e a cada um de nós! A Santíssima Mãe de Jesus e nossa é constantemente vigilante e nos guarda! A atitude de vigilância à qual o Senhor nos chama é aquela apaixonada observação do real, que nos conduz a duas direções fundamentais: a memória do nosso encontro com Cristo e do grande mistério de sermos Seus sacerdotes, e a abertura à “categoria da possibilidade”.

De fato, a Virgem Maria “fazia memória”, ou seja, continuamente revivia no seu coração, o quanto Deus operou no seu ser e, na certeza desta realidade, vivia o ministério de ser Mãe do Altíssimo. O Coração Imaculado de Maria era constantemente disponível e aberto ao “possível”, a concretização da amorosa Vontade de Deus nas circunstâncias quotidianas e nas mais inesperadas. Também hoje, do Céu, a Virgem Maria guarda-nos na memória viva de Cristo e nos abre de par em par à possibilidade da divina Misericórdia.

Queridos irmãos, peçamos a Ela que nos dê um coração que seja capaz de reviver o Advento de Cristo na nossa própria vida, que seja capaz de contemplar o modo em que o Filho de Deus, no dia da nossa ordenação, de forma radical e definitiva, marcou toda a nossa existência, imergindo-a no Seu Coração sacerdotal, e como Ele nos renova quotidianamente, na Celebração Eucarística, transfiguração da nossa vida no Advento de Cristo pela humanidade.

Enfim, peçamos um coração atento e capaz de reconhecer os sinais do Advento de Jesus na vida de cada homem e, de modo particular, na vida dos jovens a nós confiados: os sinais daquele especialíssimo Advento, que é a Vocação ao sacerdócio.

A Bem-Aventurada Virgem Maria, Mãe dos Sacerdotes e Rainha dos Apóstolos, obtenha àqueles que lhe pedem humildemente, a paternidade sacerdotal necessária para acompanhar os jovens no alegre e entusiasmante seguimento de Cristo.

No “sim” da Anunciação somos encorajados à coerência com o “sim” da nossa ordenação. Na visita a Santa Isabel somos chamados a viver a intimidade divina para levar a presença aos demais e para traduzi-la num jubiloso serviço sem limites de tempo e de lugar. Ao contemplar a Santíssima Mãe que envolve em faixas o Menino Jesus, e O adora, aprendemos a tratar com inefável amor a Santíssima Eucaristia. Ao “guardar tudo no próprio coração”, aprendemos de Maria a dirigirmo-nos ao Único necessário.

Com estes sentimentos, asseguro a todos os caríssimos Sacerdotes, em todo o mundo, uma especial recordação na Celebração dos Santos Mistérios, e a cada um peço um “apoio orante” para o ministério que me foi confiado, implorando ao Senhor, diante do presépio, que nos ajude a tornarmo-nos, a cada dia, aquilo que somos!

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LOS ANGELES, 11 Out. 11 / 12:09 pm (ACI/EWTN Noticias)

O Prefeito da Congregação para o Clero no Vaticano, o Cardeal Mauro Piacenza, explicou em entrevista exclusiva concedida ao grupo ACI a “crise” do sacerdócio católico que os meios seculares pretendem apresentar, assim como o que cada presbítero deve viver para ser fiel à sua vocação.

Pelo seu cargo, o Cardeal Piacenza é o principal encarregado na Santa Sé, depois do Papa, de promover iniciativas para a santidade e a formação do clero: sacerdotes diocesanos e diáconos. Também se encarrega da formação religiosa de todos os fiéis, especialmente da catequese. E tem ademais um trabalho menos conhecido de conservar e administrar os bens temporais da Igreja.

O Cardeal Piacenza nasceu no dia 15 de setembro de 1944 em Gênova na Itália. Foi ordenado sacerdote no dia 21 de dezembro de 1969. Tem um doutorado em direito canônico. Foi designado Presidente da Comissão Pontifícia para os Bens Culturais da Igreja em 13 de outubro de 2003 e recebeu a ordenação episcopal no dia 15 de novembro desse mesmo ano.

Foi nomeado secretário da Congregação para o Clero e elevado à dignidade de Arcebispo no dia 7 de maio de 2007. Em seguida foi nomeado Prefeito da mesma Congregação no dia 7 de outubro de 2010 tendo sido criado Cardeal em 20 de novembro desse mesmo ano.

A seguir publicamos na íntegra a entrevista exclusiva concedida ao grupo ACI na cidade de Los Angeles (Estados Unidos) onde o Cardeal Piacenza realizou diversas atividades, e entre elas, um encontro com os sacerdotes diocesanos desta diocese, a maior do país norte-americano.

Grupo ACI: Uma conjunção de fatos e de sobreexposição na imprensa secular criou uma “crise”, por assim dizê-lo, da imagem do sacerdote católico. Como resgatar esta imagem para o bem da Igreja?

Cardeal Piacenza: Na teologia católica, imagem e realidade jamais se separam. A imagem é curada ao curar a interioridade. Devemos curar sobre tudo “por dentro”. Não devemos preocupar-nos muito por “aparentar por fora”, mas por “ser realmente”. É fácil individualizar as regras que movem ao exterior e os conseguintes interesses entrecruzados; nós não devemos jamais esconder-nos, mas, onde seja necessário, devemos reconhecer com humildade e verdade os erros, com a capacidade de reparar, seja humanamente, seja espiritualmente, confiando mais no Senhor que nas nossas pobres forças humanas.

Assim vem o resgate! Se o sacerdote for aquilo que deve ser: homem de Deus, homem do sagrado, homem de oração e, por isso, totalmente ao serviço dos demais homens, da fé deles, do seu bem autêntico e integral, seja espiritual ou material, e do bem da comunidade como tal.

Grupo ACI: Como fazer que tantos católicos desiludidos que vêem o chamado “escândalo sexual” da Igreja entendam que isto não define em absoluto o sacerdócio ministerial nem a Igreja? (mais…)

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Los Ángeles – Lunes, 3 de octubre de 2011

Encuentro con los Sacerdotes de la Archidiócesis

Intervención del Cardenal Mauro Piacenza

Prefecto de la Congregación para el Clero

«EL SACERDOTE EN EL SIGLO XXI»

 

 

Querida Excelencia:

Muy queridos Sacerdotes:

Dorothy Thompson, escritora estadounidense, hace algunos decenios publicó en un artículo para una revista los resultados de una cuidada indagación sobre el mal afamado campo de concentración de Dachau.

Una pregunta clave dirigida a los supervivientes fue la siguiente: «¿Quién en medio del infierno de Dachau ha permanecido más largo tiempo en condiciones de equilibrio? ¿Quién ha mantenido por más tiempo el propio sentido de identidad?». La respuesta fue coral y siempre la misma: «los sacerdotes católicos». Sí, ¡los sacerdotes católicos! Éstos han logrado mantener el propio equilibrio, en medio de tanta locura, porque eran conscientes de su Vocación. Tenían su escala jerárquica de valores. Su entrega al ideal era total. Eran conscientes de su misión específica y de los motivos profundos que la sostenían.

 

¡En medio del infierno terreno, daban su testimonio: el de Jesucristo!

Vivimos en un mundo inestable. Existe una inestabilidad en la familia, en el mundo del trabajo, en las diversas asociaciones sociales y profesionales, en las escuelas y en las instituciones.

El sacerdote debe ser, sin embargo, constitucionalmente un modelo de estabilidad y de madurez, de entrega plena a su apostolado.

En el camino inquieto de la sociedad, se presenta con frecuencia un interrogante a la mente del cristiano: «¿Quién es el sacerdote en el mundo de hoy? ¿Es un marciano? ¿Es un extraño? ¿Es un fósil? ¿Quién es?».

La secularización, el gnosticismo, el ateísmo, en sus varias formas, están reduciendo cada vez más el espacio de lo sagrado, están chupando la sangre a los contenidos del mensaje cristiano.

 

Los hombres de las técnicas y del bienestar, la gente caracterizada por la fiebre del aparentar, experimentan una extrema pobreza espiritual. Son víctimas de una grave angustia existencial y se manifiestan incapaces de resolver los problemas de fondo de la vida espiritual, familiar y social.

Si quisiéramos interrogar la cultura más difundida, nos daríamos cuenta de que está dominada e impregnada de la duda sistemática y de la sospecha de todo lo que se refiere a la fe, la razón, la religión, la ley natural.

«Dios es una inútil hipótesis – escribió Camus – y estoy perfectamente seguro de que no me interesa».

En la mejor de las hipótesis, cae un denso silencio sobre Dios; pero se llega con frecuencia a la afirmación del insanable conflicto de las dos existencias destinadas a eliminarse: o Dios o el hombre.

Si después tuviéramos que dirigir la mirada al conjunto del panorama de los comportamientos morales, no podríamos no constatar la confusión, el desorden, la anarquía que reina en este campo.

 

 

El hombre se hace creador del bien y del mal.

Concentra egoístamente la atención sobre sí.

Sustituye la norma moral con el propio deseo y búsqueda del propio interés.

 

En este contexto, la vida y el ministerio del sacerdote adquieren importancia decisiva y urgente actualidad. Mejor aún – permitídmelo decir – cuanto más marginado, más importante es, cuanto más considerado superado, se convierte en más actual.

 

El sacerdote debe proclamar al mundo el mensaje eterno de Cristo, en su pureza y radicalidad; no debe rebajar el mensaje, sino, más bien, confortar la gente; debe dar a la sociedad anestesiada por los mensajes de algunos directores ocultos, detenedores de los poderes que valen, la fuerza liberadora de Cristo.

Todos sienten la necesidad de reformas en el campo social, económico, político; todos desean que, en las luchas sindicales, y en la proclamación económica se reafirme y se observe la centralidad del hombre y el perseguimiento de objetivos de justicia, de solidaridad, de convergencia hacia el bien común.

 

Todo esto será sólo un deseo, si no se cambia el corazón del hombre, de tantos hombres, que renueven por su parte la sociedad.

Mirad, el verdadero campo de batalla de la Iglesia es el paisaje secreto del espíritu del hombre y en él no se entra sin mucho tacto, sin mucha compunción, además de contar con la gracia de estado prometida por el Sacramento del Orden.

 

Es justo que el sacerdote se inserte en la vida, en la vida común de los hombres, pero no debe ceder a los conformismos y a los compromisos de la sociedad.

La sana doctrina, pero también la documentación histórica nos demuestran que la Iglesia es capaz de resistir a todos los ataques, a todos los asaltos que las potencias políticas, económicas y culturales pueden desencadenar contra ella, pero no resiste al peligro que proviene del olvidar esta palabra de Jesús:   «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo». El mismo Jesús indica la consecuencia de este olvido:  «Si la sal se hace insípida, ¿cómo se preservará el mundo de la corrupción?» (cfr. Mt 5,13-14).

 

¿A qué serviría un sacerdote tan semejante al mundo, que se convierte en sacerdote mimetizado y no en fermento transformador? (mais…)

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O cardeal Mauro Piacenza, prefeito da Congregação para o Clero, raramente intervém no debate público. Ele evita, de fato, toda demagogia e presencialismo e é conhecido como homem de incansável e silencioso trabalho e como eficaz observador de todos os fenômenos que afetam a cultura contemporânea.Extraordinariamente, ele nos concedeu esta entrevista sobre temas “candentes”, em um clima de cordialidade, mostrando essa criatividade pastoral que sempre aparece em um autêntico e fiel pastor da Igreja.

ZENIT: Eminência, com surpreendente periodicidade, há várias décadas, voltam a aparecer no debate público algumas questões eclesiais, sempre as mesmas. A que se deve este fenômeno?

Cardeal Piacenza: Sempre, na história da Igreja, houve movimentos “centrífugos”, que tendem a “normalizar” a excepcionalidade do evento de Cristo e do seu Corpo vivente na história, que é a Igreja. Uma “Igreja normalizada” perderia toda a sua força profética, não diria mais nada ao homem e ao mundo e, de fato, trairia o seu Senhor.

A grande diferença da época contemporânea é doutrinal e midiática. Doutrinalmente, pretende-se justificar o pecado, não confiando na misericórdia, mas deixando-se levar por uma perigosa autonomia que tem o sabor do ateísmo prático; do ponto de vista midiático, nas últimas décadas, as fisiológicas “forças centrífugas” recebem a atenção e a inoportuna amplificação dos meios de comunicação que vivem, de certa maneira, de contrastes.

ZENIT: Deve-se considerar a ordenação sacerdotal das mulheres como uma “questão doutrinal”?

Cardeal Piacenza: Certamente, como todos sabem, a questão já foi tratada por Paulo VI e o Beato João Paulo II, e este, com a carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis, de 1994, fechou definitivamente a questão.

De fato, afirmou: “Com o fim de afastar toda dúvida sobre uma questão de grande importância, que diz respeito à própria constituição divina da Igreja, em virtude do meu ministério de confirmar na fé aos irmãos, declaro que a Igreja não tem, de forma alguma, a faculdade de conferir a ordenação sacerdotal às mulheres, e que este ditame deve ser considerado como definitivo por todos os fiéis da Igreja”. Alguns, justificando o injustificável, falaram de uma “definitividade relativa” da doutrina até esse momento, mas, francamente, esta tese é tão inusual que carece de qualquer fundamento.

ZENIT: Então, não há lugar para as mulheres na Igreja?

Cardeal Piacenza: Todo o contrário: as mulheres têm um papel importantíssimo no corpo eclesial e poderiam ter outro mais evidente ainda. A Igreja foi fundada por Cristo e não podemos determinar, nós, os homens, o seu perfil; portanto, a constituição hierárquica está ligada ao sacerdócio ministerial, que está reservado aos homens. Mas absolutamente nada impede de valorizar o gênio feminino em papéis que não estão ligados estreitamente ao exercício da ordem sagrada. Quem impediria, por exemplo, que uma grande economista fosse chefe da Administração da Sé Apostólica, ou que uma jornalista competente se tornasse porta-voz da Sala de Imprensa da Santa Sé?

Os exemplos podem se multiplicar em todos os desempenhos não vinculados à ordem sagrada. Há infinidade de tarefas nas quais o gênero feminino poderia realizar uma grande contribuição! Outra coisa é conceber o serviço como um poder e procurar, como o mundo faz, as “cotas” de tal poder. Considero, além disso, que o menosprezo do grande mistério da maternidade, que está sendo realizado nesta cultura dominante, tenha um papel muito importante na desorientação geral que existe com relação à mulher. A ideologia do lucro reduziu e instrumentalizou as mulheres, não reconhecendo a maior contribuição que estas, indiscutivelmente, podem dar à sociedade e ao mundo.

A Igreja, além disso, não é um governo político no qual é justo reivindicar uma representação adequada. A Igreja é outra coisa, a Igreja é o Corpo de Cristo e, nela, cada um é membro segundo o que Cristo estabeleceu. Por outro lado, a Igreja não é uma questão de papéis masculinos ou femininos, mas de papéis que implicam, por vontade divina, a ordenação ou não. Tudo o que um fiel leigo pode fazer, uma fiel leiga também pode fazer. O importante é ter a preparação específica e a idoneidade; ser homem ou mulher não é relevante.

ZENIT: Mas pode existir uma participação real na vida da Igreja, sem atribuições de poder efetivo e de responsabilidade?

Cardeal Piacenza: Quem disse que a participação na Igreja é uma questão de poder? Se fosse assim, cometeriam o grande erro de conceber a própria Igreja não como é, divino-humana, mas simplesmente como uma das muitas associações humanas, talvez a maior e mais nobre, por sua história; e deveria ser “administrada” distribuindo-se o poder.

Nada mais longe da realidade! A hierarquia da Igreja, além de ser de direta instituição divina, deve ser entendida sempre como um serviço à comunhão. Somente um erro, derivado historicamente da experiência das ditaduras, poderia conceber a hierarquia eclesiástica como o exercício de um ‘poder absoluto”. Que perguntem isso a quem está chamado a colaborar com a responsabilidade pessoal do Papa pela Igreja universal! São tais e tantas as mediações, consultas, expressões de colegialidade real, que praticamente nenhum ato de governo é fruto de uma vontade única, mas sempre o resultado de um longo caminho, em escuta do Espírito Santo e da preciosa contribuição de muitos.

A colegialidade não é um conceito sociopolítico, mas deriva da comum Eucaristia, do affectus que nasce do alimentar-se do único Pão e do viver da única fé, do estar unidos a Cristo, Caminho, Verdade e Vida. E Cristo é o mesmo ontem, hoje e sempre!

ZENIT: Não é muito o poder que Roma ostenta?

Cardeal Piacenza: Dizer “Roma” significa simplesmente dizer “catolicidade” e “colegialidade”. Roma é a cidade que a providência escolheu como lugar do martírio dos apóstolos Pedro e Paulo e o que a comunhão com esta Igreja significou sempre na história: comunhão com a Igreja universal, unidade, missão e certeza doutrinal. Roma está ao serviço de todas as Igrejas e muitas vezes protege as Igrejas que estão em dificuldade pelos poderes do mundo e por governos que nem sempre são plenamente respeitosos com o imprescindível direito humano e natural que é a liberdade religiosa.

A Igreja deve ser considerada a partir da constituição dogmática Lumen Gentium, do Concílio Vaticano II, incluída, obviamente, a nota prévia ao documento. Lá, está descrita a Igreja das origens, a Igreja dos Padres, a Igreja de todos os séculos, que é a nossa Igreja de hoje, sem descontinuidade, a Igreja de Cristo. Roma está chamada a presidir na caridade e na verdade, únicas fontes reais da autêntica paz cristã. A unidade da Igreja não é o compromisso com o mundo e sua mentalidade, mas o resultado, dado por Cristo, da nossa fidelidade à verdade e da caridade que seremos capazes de viver.

Parece-me significativo, a este respeito, o fato de que hoje só a Igreja, como ninguém, defende o homem e sua razão, sua capacidade de conhecer a realidade e entrar em relação com isso; em resumo, o homem em sua integridade. Roma está a pleno serviço da Igreja de Deus que está no mundo e que é uma “janela aberta” ao mundo, janela que dá voz a todos os que não a têm, que convida todos a uma contínua conversão e, por isso, contribui – muitas vezes no silêncio e com o sofrimento, pagando às vezes com sua impopularidade – para a construção de um mundo melhor, para a civilização do amor.

ZENIT: Este papel de Roma não obstaculiza a unidade e o ecumenismo?

Cardeal Piacenza: O ecumenismo é uma prioridade na vida da Igreja e uma exigência absoluta que provém da própria oração do Senhor: “Ut unum sint”, que se converte, para todo cristão, em um “mandamento da unidade”. Na oração sincera e no espírito de contínua conversão interior, na fidelidade à própria identidade e na comum tensão da perfeita caridade dada por Deus, é necessário comprometer-se com convicção para que não haja contratempos no caminho do movimento ecumênico.

O mundo precisa da nossa unidade; portanto, é urgente continuar comprometendo-nos no diálogo da fé com todos os irmãos cristãos, para que Cristo seja o fermento da nossa sociedade. E também é urgente comprometer-se com os não-cristãos, isto é, no diálogo intercultural, para contribuir unidos para construir um mundo melhor, colaborando nas obras de bem e para que uma sociedade nova e mais humana seja possível. Roma, também nesta terra, tem um papel de propulsão único. Não há tempo para nos dividirmos: o tempo e as energias devem ser empregados para unir-nos.

ZENIT: Nesta Igreja, quem são e que papel têm os sacerdotes de hoje?

Cardeal Piacenza: Não são nem assistentes sociais nem funcionários de Deus! A crise de identidade é especialmente aguda nos contextos mais secularizados, nos quais parece que não existe lugar para Deus. Os sacerdotes, no entanto, são os de sempre: são o que Cristo quis que fossem! A identidade sacerdotal é cristocêntrica e, portanto, eucarística.

Cristocêntrica porque, como o Santo Padre recordou tantas vezes, no sacerdócio ministerial, “Cristo nos atrai dentro de Si”, envolvendo-se conosco e envolvendo-nos na sua própria existência. Tal atração “real” acontece sacramentalmente – portanto, de maneira objetiva e insuperável –, na Eucaristia, da qual os sacerdotes são ministros, isto é, servos e instrumentos eficazes.

ZENIT: É tão insuperável a lei sobre o celibato? Realmente não pode ser mudada?

Cardeal Piacenza: Não se trata de uma simples lei! A lei é consequência de uma realidade muito alta, que acontece somente na relação vital com Cristo. Jesus diz: “Quem tiver ouvidos, que ouça”. O sagrado celibato não se supera nunca, é sempre novo, no sentido de que, através disso, a vida dos sacerdotes se “renova”, porque se dá sempre em uma fidelidade que tem em Deus sua raiz e no florescer da liberdade humana, o próprio fruto.

O verdadeiro drama está na incapacidade contemporânea de realizar as escolhas definitivas, na dramática redução da liberdade humana, que se converteu em algo tão frágil, que não busca o bem nem sequer quando este é reconhecido e intuído como possibilidade para a própria existência. O celibato não é o problema; e as infidelidades e fraqueza dos sacerdotes não podem constituir um critério de juízo.

No demais, as estatísticas nos dizem que mais de 40% dos casamentos fracassam. Entre os sacerdotes, estamos em menos de 2%. Portanto, a solução não está, de forma alguma, na opcionalidade do sagrado celibato. Não será talvez questão de deixar de interpretar a liberdade como “ausência de vínculos” e de definitividade, e começar a redescobrir que, na definitividade do dom ao outro e a Deus consiste a verdadeira realização e felicidade humanas?

ZENIT: E as vocações? Não aumentariam, se abolissem o celibato?

Cardeal Piacenza: Não! As confissões cristãs nas quais, não existindo o sacerdócio ordenado, não existe a doutrina e a disciplina do celibato, encontram-se em um estado de profunda crise com relação às “vocações” de guia da comunidade – da mesma maneira que existem crises do sacramento do matrimônio uno e indissolúvel.

A crise da qual, na verdade, se está saindo lentamente, está ligada, fundamentalmente, à crise da fé no Ocidente. O que é preciso é comprometer-se a fazer a fé crescer. Este é o ponto. Nos mesmos ambientes, está em crise a santificação das festas, está em crise a confissão, está em crise o casamento etc. O secularismo e a conseguinte perda do sentido do sagrado, da fé e da sua prática, determinaram e determinam também uma importante diminuição do número dos candidatos ao sacerdócio.

A estas razões teológicas e eclesiais acrescentam-se algumas de caráter sociológico: a primeira de todas é a notável diminuição da natalidade, com a conseguinte diminuição dos jovens e das jovens vocações. Também este é um fator que não pode ser ignorado. Tudo está relacionado. Às vezes, estabelecem-se premissas e depois não se quer aceitar as consequências, mas estas são inevitáveis.

O primeiro e irrenunciável remédio para a diminuição das vocações foi sugerido pelo próprio Jesus: “Orai, portanto, ao dono da messe, para que envie operários para a sua messe” (Mt 9, 38). Este é o realismo da pastoral das vocações. A oração pelas vocações – uma intensa, universal, dilatada rede de oração e de adoração eucarística, que envolva todo mundo – é a verdadeira e única resposta possível para a crise da resposta às vocações. Onde esse comportamento orante é vivido de forma estabelecida, pode-se afirmar que se leva a cabo uma recuperação real.

É fundamental, além disso, prestar atenção à identidade e especificidade na vida eclesial, de sacerdotes, religiosos – estes na peculiaridade dos carismas fundacionais dos próprios institutos de pertença – e fiéis leigos, para que cada um possa, na verdade e na liberdade, compreender e acolher a vocação que Deus pensou para ele. Mas cada um deve ser autêntico e cada dia deve se comprometer em tornar-se o que é.

ZENIT: Eminência, neste momento histórico, se o senhor tivesse que resumir a situação geral, o que diria?

Cardeal Piacenza: Nosso programa não pode ser influenciado por querer estar por cima a todo custo, de querer sentir-nos aplaudidos pela opinião pública: nós devemos somente servir, por amor e com amor, o nosso Deus no nosso próximo, seja ele quem for, conscientes de que o Salvador é somente Jesus. Nós devemos deixá-lo passar, deixá-lo agir através das nossas pobres pessoas e do nosso compromisso cotidiano. Devemos colocar o que é “nosso”, mas também o que é “seu”. Nós, diante das situações aparentemente mais desastrosas, não devemos nos assustar. O Senhor, na barca de Pedro, parecia dormir, parecia! Devemos agir com energia, como se tudo dependesse de nós, mas com a paz de quem sabe que tudo depende do Senhor.

Portanto, devemos recordar que o nome do amor, no tempo, é “fidelidade”! O crente sabe que Ele é o Caminho, a Verdade e a Vida, e não é “um” caminho, “uma” verdade, “uma” vida. Portanto, a coragem da verdade, pagando o preço de receber insultos e desprezo, é a chave da missão na nossa sociedade; é essa coragem que se une ao amor, à caridade pastoral, que deve ser recuperada e que torna fascinante, hoje mais do que nunca, a vocação cristã. Eu gostaria de citar o programa formulado sinteticamente em Stuttgart pelo Conselho da Igreja Evangélica em 1945: “Anunciar com mais coragem, rezar com mais confiança, crer com mais alegria, amar com mais paixão”.

 

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