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En esta breve pero interesante entrevista, cuya traducción en lengua española ofrecemos, Don Nicola Bux explica las motivaciones y el significado de una sorpresiva introducción en la liturgia pontificia de las Canonizaciones, celebradas ayer en el Vaticano, junto a la anunciada modificación del rito: el retorno del fanón papal, un ornamento exclusivo del Romano Pontífice, que se encontraba en desuso desde los primeros años del pontificado de Pablo VI y que, hasta el día de ayer, sólo había sido usado en una ocasión por el Beato Juan Pablo II.

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Don Nicola Bux, ¿por qué Benedicto XVI ha utilizado el fanón papal?

 

El fanón se usa sobre la casulla, y está formado por dos mucetas superpuestas la una a la otra; la inferior es más larga que la superior. Es de tela blanca y dorada, con largas líneas perpendiculares, separadas por una franja amaranto o roja. Sobre el pecho tiene una cruz bordada en oro.

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¿Cuál es el significado litúrgico del fanón papal?

 

Simboliza el escudo de la fe (cfr. Efesios 6, 16: “Tened siempre embrazado el escudo de la fe, para que en él se apaguen todas las flechas incendiarias del maligno”) que protege la Iglesia católica, representada por el Papa. Las bandas verticales de color dorado y plateado representen la unidad y la indisolubilidad de la Iglesia latina y oriental.

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Por primera vez, el domingo pasado, el rito de la Canonización ha sido anticipado antes del comienzo de la Misa. Había sucedido también con el Consistorio para la creación de nuevos cardenales en febrero y, aún antes, con el canto de la Kalenda la noche de Navidad. ¿Cuál es el motivo de estas opciones?

 

La razón es lograr que se perciba cada vez mejor la diferencia entre lo que pertenece al rito eucarístico de la Misa y lo que en cambio se añade a él excepcionalmente. Hoy cada vez más se tiende a añadir a la Misa otros ritos, o hacer mezclas indebidas, o a superponer frecuentemente otros ritos sacramentales. Todo esto termina impidiendo que los fieles perciban los márgenes del Sacrificio Eucarístico, así como de los distintos sacramentos y sacramentales, llevando a reducir la Misa a un programa que se completa a gusto.

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¿No existe el riesgo de que a, los ojos de los creyentes y de todo el mundo, la imagen del Papa usando vestiduras litúrgicas en desuso o las continuas modificaciones en la estructura de los ritos presididos por él puedan presentar a Benedicto XVI como un Pontífice anticuado al que le gusta usar vestimentas de museo?

 

Ningún riesgo, sino la señal de que, en la Iglesia, hay continuidad de Magisterio: lo que era sagrado sigue siendo sagrado. El ornamento usado por primera vez por Benedicto XVI en esta Canonización ha sido usado por Juan Pablo II, así como por Pablo VI, por Juan XXIII, por Pío XII.

Aquello que hoy debe volver a comprenderse es que los ornamentos litúrgicos no siguen las modas humanas sino que quieren dar gloria a Dios. Los sacerdotes y los obispos hasta el Papa son ministros, es decir, siervos – el Papa es servus servorum Dei -, por lo tanto, frente a la Majestad divina deben presentarse con la mayor dignidad. La riqueza de los ornamentos es el signo de esto, si bien nunca bastante adecuado, y a él debe corresponder la pureza del corazón y la castidad del cuerpo, como escribe san Francisco en la Carta a los Fieles.

 

Lo sagrado no va nunca al museo. La actual tendencia a la exhibición en museos de los objetos sagrados tiene algo de patológico cuando no está justificada por el motivo de salvaguardar su conservación. Los ornamentos son, en gran parte, fruto de donaciones del pueblo de Dios para conferir esplendor al culto divino.

 

La modificación de la estructura de los ritos corresponde a la exigencia de restaurar lo que se ha deformado por el paso del tiempo o las concesiones a las modas del momento, para permitir a los ritos expresar más claramente la lex credendi de la Iglesia. A diferencia de la beatificación, la canonización, por ejemplo, es un acto solemne del Magisterio pontificio, que declara ex cathedra, es decir, de modo infalible, que algunos de sus hijos gozan con seguridad de la visión beatífica de Dios en el Paraíso, y pueden ser invocados como intercesores y señalados como ejemplos para toda la Iglesia y no sólo para las Iglesias particulares.

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Fuente: Orticalab

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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Beato João Paulo II

Venerável Paulo VI

Beato João XXIII

Venerável Pio XII

Bento XV

São Pio X

The Return of the Papal Fanon

by Shawn Tribe

Perhaps many of us had thought that the Pope had about done with what he felt he could do in terms of restoring of certain traditional elements of papal liturgical ceremonial. Well, it turns out that wasn’t quite the case. At this morning’s canonizations in Rome, where notably Kateri Tekakwitha named first Native American saint (itself newsworthy in its own right — and, rest assured, we’ll do a little more on this within our regular posting schedule on Monday), papal ceremonialists will note the return of the papal fanon.

Here are some photos:

So what is the fanon you might ask? Here is what the Catholic Encyclopediasays of it:

A shoulder-cape worn by the pope alone, consisting of two pieces of white silk ornamented with narrow woven stripes of red and gold; the pieces are nearly circular in shape but somewhat unequal in size and the smaller is laid on and fastened to the larger one… The front part of the fanon is ornamented with a smallcross embroidered in gold…      The fanon is like an amice; it is, however, put on not under but above the alb. The pope wears it only when celebrating a solemn pontifical Mass, that is, only when all the pontifical vestments are used. The manner of putting on the fanon recalls the method of assuming the amice… After the deacon has vested the pope with the usual amice, alb, the cingulum and sub-cinctorium, and the pectoral cross, he draws on, by means of the opening, the fanon and then turns the half of the upper piece towards the back over the pope’s head. He now vests the pope with the stole, tunicle, dalmatic, and chasuble, then turns down that part of the fanon which had been placed over the head of the pope, draws the front half of the upper piece above the tunicle, dalmatic, and chasuble, and finally arranges the whole upper piece of the fanon so that it covers the shoulders of the pope like a collar.      The fanon is mentioned in the oldest known Roman Ordinal, consequently its use in the eighth century can be proved. It was then called anabolagium (anagolagium), yet it was not at that period a vestment reserved for the use of the pope. This limitation of its use did not appear until the other ecclesiastics at Rome began to put the vestment on under the alb instead of over it, that is, when it became customary among the clergy to use the fanon as an ordinary amice. This happened, apparently in imitation of the usage outside of Rome, between the tenth and twelfth centuries; however, the exact date cannot be given. But it is certain that as early as the end of the twelfth century the fanon was worn solely by the pope, as is evident from the express statement of Innocent III (1198-1216). The vestment was then called an orale; the name of fanon, from the late Latin fano, derived from pannus, (penos), cloth, woven fabric, was not used until a subsequent age. Even as early as the eighth century the pope wore the fanon only at solemn high Mass…

Now some might yet ask, “what’s the big deal? So a vestment was restored.” However, the answer is that the use of vestments such as these are aspects of continuity and, by way of Msgr. Guido Marini himself, the papal ceremoniere, we know that this is purposefully so. Many years ago, Marini himself commented that “the vestments used … aim to underline the continuity of today’s liturgical celebration with that which characterized the life of the church in the past…”In that regard, this move is not just about restoring the fanon, it is also about restoring a connection with and yet further continuity with the Latin rite liturgical tradition.

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NLM readers were all over this bit of news this morning, especially our European readers, and my inbox is absolutely flooded with screen captures. Well done friends!   Please know that your tips and photos and all such things are absolutely essential to NLM. It really is a group enterprise, and that group most certainly includes all of you who take the time send in these sorts of news tips, photos, videos and the like.

Here are some of our readers’ screen captures:

Presentamos esta entrevista que el Cardenal Gianfranco Ravasi ha concedido a L’Osservatore Romano sobre el Motu proprio “Pulchritudinis fidei”, del Papa Benedicto XVI, por el cual son fusionados el Pontificio Consejo para la Cultura y la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia.

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Arte y fe, proyectos humanos y acción del Espíritu, misterio y signo se han entrelazado y fusionado inseparablemente en la historia: “Ecclesiae historiam esse quoque inseparabiliter culturae et artium historiam” (“la historia de la Iglesia es también, inseparablemente, historia de la cultura y del arte”) se lee en el Motu proprio Pulchritudinis fidei con el cual la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia es unida al Pontificio Consejo para la Cultura. Aprobado el pasado 30 de julio por Benedicto XVI y publicado en las “Acta Apostolicae Sedis” del 3 de agosto, el documento pontificio entrará en vigor el próximo 3 de noviembre. Hemos pedido al cardenal Gianfranco Ravasi que nos hable de los motivos y las consecuencias de esta fusión.

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La exigencia de una coordinación única ha crecido a lo largo de los años, se lee en el documento: ¿por qué?

 

Alguna nota histórica: Pío XI en 1924 creaba la Pontificia Comisión Central para el Arte Sacro en Italia, específicamente encargada del cuidado del patrimonio histórico-artístico de la Iglesia, pero con exclusiva competencia para el territorio italiano. Juan Pablo II, por su parte, con la Constitución Apostólica Pastor Bonus (28 de junio de 1988) la había transformado luego en la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia, vinculándola a la Congregación para el Clero. El mismo Pontífice la transforma sucesivamente en la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia con el Motu proprio Inde a pontificatus (25 de marzo de 1993). Juan Pablo II, unificando el Pontificio Consejo para la Cultura y el Pontificio Consejo para el Diálogo con los No Creyentes, subrayaba al mismo tiempo la exigencia de “una estrecha relación entre el trabajo de este Pontificia Consejo y la actividad a la que está llamada la Pontificia Comisión para la Conservación del Patrimonio Artístico e Histórico de la Iglesia”, desde entonces denominada Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia. En el mismo documento se dispone que la Comisión “no estará ya establecida en la Congregación para el Clero, sino que será autónoma, con un propio presidente que formará parte de los miembros del Pontificio Consejo para la Cultura, con el cual mantendrá contactos periódicos, para asegurar una sintonía de finalidades y una fecunda colaboración recíproca”.

La unificación de los dos organismos sella, de este modo, un camino de convergencia, implementado también en los ordenamientos de muchas naciones – es un uso difundido, en Italia y en el Consejo de Europa – hacia una visión cultural amplia y articulada en su organicidad y unidad, en el que también el extraordinario patrimonio histórico-artístico de la Iglesia, producido a lo largo de los siglos, con sus más específicas exigencias de tutela, conservación y valorización, recibe su más digna colocación en el ámbito de las actividades culturales promovidas por la Santa Sede.

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¿La Comisión se convertirá, por lo tanto, en un departamento dentro del Pontificio Consejo para la Cultura?

Sí, como Fe y arte, el Patio de los Gentiles, o el recientemente constituido dedicado al Deporte. También la Unesco hoy protege la “cultura inmaterial”; a la base del nuevo concepto de cultura no está ya la idea del siglo XVIII de una aristocracia intelectual, sino un concepto antropológico, la elaboración consciente de cada obra de la creatividad humana; el arco de las actividades no se puede seleccionar por fragmentos, se necesita una mirada de conjunto. Entre las áreas de competencia del departamento está obviamente también la colaboración con la Fundación para los Bienes y las Actividades Artísticas de la Iglesia.

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¿Las prioridades que están la agenda?

Debemos proceder a un análisis de la aplicación de los documentos ya publicados en la Iglesia universal en cuestión de bibliotecas, inventarios y catalogación, archivos y museos. Un gran artífice, en esto, ha sido el cardenal Francesco Marchisano, y de esto se ocupará de modo particular monseñor Carlos Moreira Azevedo, delegado del Pontificio Consejo para la Cultura.

Se necesitan modelos concretos y direcciones de método para ofrecer elementos de gestión cultural, que permitan encontrar recursos financieros, y para adaptar a una gradualidad realista y eficaz las orientaciones existentes según las posibilidades de las diversas iglesias. Los ejemplos de esto podrían ser muchísimos: pienso en el caso de Arequipa en Perú, donde se conservan millares de volúmenes provenientes de las bibliotecas de la orden de los recoletos, o en el patrimonio bibliotecario en riesgo de dispersión en el Salvador. Son bienes que son heridos inexorablemente por el ambiente climático y necesitan rápidas intervenciones de tutela. En esto la informática nos puede ayudar mucho, para hacer accesibles a todos, por ejemplo, los tesoros escondidos en una pequeña parroquia aislada en los Andes.

Después de la atención a la preservación de los bienes culturales, debemos desarrollar su valorización y su goce al servicio de la nueva evangelización y de la dimensión estética en el pensamiento contemporáneo. Es necesario evitar una impostación sólo conservadora de los bienes, es fundamental una fruición que genere gusto, que sea capaz de “lavar los ojos” a quien está acostumbrado a ver sólo cosas feas, edificios horrendos, imágenes banales.

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“La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir” escribía Juan Pablo II en la Carta a los artistas, citando un verso del poeta polaco Cyprian Norwid. ¿Qué piensa de esto?

El trabajo no falta. Arte y fe deben recordarse de nuevo que son hermanas y la Iglesia no debe olvidar la importancia del elemento simbólico en el anuncio de la fe, en el presente, para continuar haciendo aquello que siempre ha hecho en el pasado. Basta pensar en la explosión de belleza de las iglesias romanas, desde las más famosas hasta las más olvidadas, como Santa Bibiana, absorbida y casi vuelta invisible por las vías de la estación de Termini: ¿quién conoce sus bellísimas columnas y la estatua de Bernini en su interior?

Fruición y tutela, a largo plazo, están estrechamente vinculadas; en el fondo, se protege sólo lo que se ama, por lo tanto hacer conocer y apreciar es también el mejor modo para tutelar. Los dos tercios de una pinacoteca pueden ser leídos sólo si se conoce la Biblia; en un estatuto sienés del siglo XIV, los artistas hablan de sí mismos como de “predicadores por imágenes” con la tarea de mostrar los grandes misterios de la salvación a quien no podría conocerlos de otra manera. La Biblia es también una mina de narraciones sugestivas, de “versículos que valen más que una obra de Shakespeare”, como escribe George Steiner hablando de la noche de la pitonisa de Endor y la caída final de Saúl en el primer libro de Samuel (28, 7-25).

En la Bienal de Venecia trataremos de continuar haciendo aquello que la Iglesia ha hecho siempre: dialogar con los artistas, proponiéndoles en este caso dejarse inspirar por la poderosa narración del Génesis. Mucho deseo de ofender, en el arte contemporáneo, es el signo de una nostalgia violenta por lo divino. El Crucifijo es todavía percibido como un símbolo potentísimo en medio de tantas otras imágenes inertes a nivel de comunicación.

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¿Y la música sagrada?

 

Después del éxito del concurso sobre el Credo en la Sagra Musicale Umbra, al que han llegado más de doscientas partituras, quisiera seguir el consejo de Muti y de Chailly, recuperando el patrimonio del barroco italiano; como Porpora, por ejemplo: los Wiener Philarmoniker, después de un reciente concierto, se han asombrado de su música. El Stabat Mater, signo luminoso de un sentido religioso profundo, ha sido escrito por un muchachito (Pergolesi era jovencísimo cuando lo compuso).

Con la estructura del díptico podríamos recuperar un gran texto sagrado y musical conectándolo a algo contemporáneo, de modo que haya una mutua conexión entre pasado y presente. También los textos de muchas canciones de música pop están imbuidos de un anhelo espiritual muy fuerte; no por casualidad los muchachos gastan su dinero en la entrada de un concierto, porque sienten que la música exterioriza, hace aflorar a la superficie y expresa su búsqueda de significado sepultada u olvidada. Y el mismo drama personal de muchos artistas – por dar un ejemplo entre los muchos posibles, la muerte prematura de Amy Winehouse, de cuyos álbumes me ha hablado recientemente el nuncio en Guatemala – debe hacer reflexionar: nos hace comprender cuán concreto es en nuestra época el choque entre la esperanza y el deseo de vida y el aniquilamiento como consecuencia extrema y trágica del nihilismo.

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Fuente: Il Sismografo

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

 

El próximo domingo 21 de octubre se celebrará, en Plaza San Pedro, la canonización de siete nuevos santos, uno de los acontecimientos importantes del Año de la Fe que está viviendo la Iglesia. Además, en esta ocasión, el Santo Padre utilizará por primera vez un nuevo Ritual para las ceremonias de canonización, preparado por la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, que realiza algunas modificaciones al ritual hasta ahora vigente y recupera algunos signos del antiguo ritual. Presentamos nuestra traducción de la entrevista que Mons. Guido Marini, Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, ha concedido a L’Osservatore Romano.

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Entonces, ¿el rito de canonización ya no se realizará durante la celebración eucarística?

Exactamente, como ya ha ocurrido, por otro lado, para los otros ritos: piénsese en el rito del Resurrexit, el domingo de Pascua; en el consistorio para la creación de nuevos cardenales, a partir del pasado 18 de febrero; y en la bendición y imposición de los palios a los arzobispos metropolitanos, en la reciente solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

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¿Cuál es el motivo de fondo?

Evitar que dentro de la celebración eucarística estén presentes elementos que no pertenecen estrictamente a la misma, manteniendo así intacta la unidad, como es pedido por la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium. Además, no es modificada una tradición consolidada sino sólo una práctica reciente. La canonización es fundamentalmente un acto canónico, en el cual están involucrados el munus docendi y el munus regendi. El munus santificandi entra en escena como segundo momento y está constituido por el acto de culto que sigue a la canonización.

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En pocas palabras, para decirlo con el documento del Vaticano II citado por usted, ¿“sana tradición y legítimo progreso”?

Ciertamente, si bien en este caso específico la renovación del rito de canonización se inserta en el surco del camino comenzado por Benedicto XVI en el 2005. Fue entonces que la Congregación para las Causas de los Santos, con comunicación del 29 de septiembre, dispuso – luego de las conclusiones del estudio de las razones teológicas y las exigencias pastorales sobre los ritos de beatificación y canonización aprobados por el Santo Padre – que la canonización seguiría siendo presidida por el Pontífice en San Pedro, mientras que la beatificación sería celebrada por un representante suyo, normalmente el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, en las diócesis interesadas. La canonización, en efecto, es una sentencia definitiva, con la cual el Sumo Pontífice decreta que un siervo de Dios, ya incluido entre los beatos, sea insertado en el catálogo de los santos y se venere en la Iglesia universal con el culto debido a todos los canonizados. Se trata, por lo tanto, de un acto preceptivo y universal. La autoridad ejercida por el Papa en la sentencia de la canonización será ahora todavía más visible a través de algunos elementos rituales.

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Más allá del cambio de lugar del Rito, que tendrá lugar enteramente antes del comienzo de la Misa, ¿cuáles son estos elementos rituales?

 

En primer lugar, el triple pedido, durante el cual el cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos se dirigirá al Santo Padre para pedirle que proceda a la canonización de los siete beatos. Es por lo tanto recuperada, si bien de forma renovada, la antigua tradición según la cual el Papa reza con insistencia para pedir la ayuda del Señor en la realización del importante acto. En particular, en respuesta a la segunda petición, él invocará al Espíritu Santo y, después de tal invocación, será entonado el himno del Veni Creator. En segundo lugar, el canto del Te Deum, presente en el Rito de canonización hasta 1969, acompañará la colocación y la veneración de las reliquias de los nuevos santos.

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Respecto a la procesión con las reliquias de los nuevos santos, ¿está prevista alguna otra modificación?

La habitual procesión se detendrá brevemente frente al Santo Padre que, así, podrá venerar las reliquias. Una vez que sean colocadas ante el altar, las reliquias serán incensadas por el diácono.

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La revisión del rito de canonización, como ya los otros ritos, ¿comporta también una simplificación?

Diría que sí. Y también esto es un aspecto importante del rito renovado, junto al de su reforma en armónica continuidad con una tradición ya secular. De este modo es posible realizar el “esplendor de la noble sencillez” auspiciado por el concilio Vaticano II. Las Letanías de los santos acompañarán la procesión inicial, resultando anticipadas respecto a la praxis actual. Ocurría así durante el pontificado de Pío XII, a partir de 1946. Serán además omitidas las biografías de los nuevos santos por parte del Prefecto, dado que el Santo Padre, como es costumbre, las presentará brevemente durante la homilía. No está ya previsto, finalmente, el saludo personal del Pontífice por parte de los postuladores, que podrán encontrarlo brevemente después de la Misa, en la sacristía de la basílica Vaticana.

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Fuente: L’Osservatore Romano

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

 

Messaggio ai Sacerdoti

in occasione dell’apertura dell’Anno della Fede

del Cardinal Mauro Piacenza

Prefetto della Congregazione per il Clero

 

 

Carissimi Confratelli,

 

il prossimo 11 ottobre il Santo Padre Benedetto XVI, con una solenne concelebrazione, inaugurerà l’Anno della Fede, indetto in occasione del Cinquantesimo Anniversario dell’apertura dei lavori del Concilio Ecumenico Vaticano II e del Ventesimo Anniversario della promulgazione del Catechismo della Chiesa Cattolica. Due eventi di straordinaria importanza ed intimamente legati: il Concilio, infatti, è autenticamente interpretato dal Catechismo e quest’ultimo è, in realtà, il “Catechismo del Concilio”, in ascolto del quale è sempre necessario porsi per attuare le autentiche riforme che lo Spirito Santo ha suggerito alla Chiesa ed i Padri conciliari hanno autorevolmente indicato nei Testi di quella nobile Assise.

I sacerdoti, in ogni circostanza, e qualunque sia il ministero loro affidato dai rispettivi Ordinari, devono sempre considerarsi “in cura d’anime”, ed è parte integrante di tale cura animarum, l’esercizio testimoniale e dottrinale del Munus docendi.

È affidata anche a ciascuno di noi, carissimi confratelli, la corretta ermeneutica dei Testi del Concilio Ecumenico Vaticano II, i quali, a distanza di cinquant’anni, mantengono tutta la loro profezia pneumatica e domandano di essere conosciuti, nella continuità della Tradizione ecclesiale e nell’anelito di Riforma di cui sono eco ed orizzonte. Il miglior modo, poi, per attuare gli insegnamenti conciliari è far conoscere il Catechismo della Chiesa Cattolica, strumento sicuro di riferimento dottrinale e morale.

La Congregazione per il Clero intende offrire mensilmente, per l’Anno della Fede, alcuni spunti di riflessione per la formazione permanente, con l’auspicio che, dando priorità alla fede ed alle conseguenze esistenziali dell’incontro intimo, personale e comunitario con il Risorto, possa essere sostenuta la perenne riscoperta di ciò che siamo come sacerdoti ed il conseguente valore degli atti che compiamo. Nell’orizzonte della fede si collocano infatti tutte le azioni sacramentali del Sacerdote, il quale, nella Chiesa e a nome di Cristo Signore, attua la salvezza offerta a tutti gli uomini. Senza questo orizzonte dilatato “fino al Cielo”, è sempre in agguato il pericolo di un funzionalismo mondanizzante, che rischia di risolversi nella pretesa di affrontare con mezzi e criteri meramente umani, quelle che appaiono come le sfide emergenti della nostra epoca.

La vera sfida, al contrario, è quella che Cristo Risorto ed il suo Corpo che è la Chiesa, lanciano da duemila anni al mondo: una sfida d’amore, di verità e di pace, di autentico compimento e di profonda reale umanizzazione del mondo.

Con l’augurio di un intenso, appassionato e fecondo Anno della Fede, di cuore invoco su ciascuno la protezione della Beata sempre Vergine Maria, Regina degli Apostoli e Madre della Chiesa, e tutti e ciascuno di cuore largamente benedico.

 

Sandro Magister ha publicado en su blog este artículo, cuya traducción al español ofrecemos, en el cual presenta parte de una conferencia del Cardenal Antonio María Veglió sobre la piedad popular, en la que el prelado, con una franqueza inusual, analiza los ataques que la piedad popular ha recibido en el post-concilio debido a una visión secularizante que penetró en muchos ambientes eclesiales y a interpretaciones parciales de los textos conciliares, en particular de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia.

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El jueves 4 de octubre Benedicto XVI se dirigirá a Loreto, exactamente medio siglo después de la visita que realizó Juan XXIII. El Papa celebrará la Misa en la Plaza frente al Santuario mariano.

¿Por qué este viaje? Los santuarios son el lugar por excelencia de la piedad popular. Aquella piedad que se expresa en las peregrinaciones, en las fiestas patronales, en la devoción a María y a los santos, en el rezo del rosario. Contra la piedad popular se levantó en los años sesenta y setenta una oleada de contestación, en nombre de una fe “pura” y “comprometida”. Pero de Pablo VI en adelante, los Papas reaccionaron frente a esta tendencia. Benedicto XVI es, en esto, muy decidido. Las imágenes de su vida privada lo muestran mientras reza el rosario, en los jardines del Vaticano o de Castelgandolfo, y reza frente a la gruta de la Virgen de Lourdes.

Cuánto importa la piedad popular en la vida de los católicos comunes, en Italia, es confirmado, entre otras cosas, por los índices altísimos de escucha que tiene el rosario transmitido en directo desde Lourdes en TV 2000, cada día a las 18 y repetido a las 20. El cardenal Angelo Bagnasco, en la introducción al consejo permanente de la CEI el pasado 24 de septiembre, no ha dejado de remarcarlo. Por eso es más interesante aún lo que ha dicho recientemente otro cardenal, Antonio Maria Veglió, presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, principal caldo de cultivo para la piedad popular.

En una conferencia del pasado 20 de septiembre en la Red Mariana Europea, el cardenal Veglió ha recorrido la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la piedad popular. El Vaticano II – explicó – la valorizó como “praeparatio evangelica”, como acto del pueblo de Dios, como expresión de inculturación, como vinculada a la liturgia.

Pero, a pesar de esto – prosiguió el cardenal -, en el inmediato post-concilio se asistió a “un intento de eliminar o, al menos, ignorar las manifestaciones populares de la fe”, al cual siguió “una revaloración de la piedad popular por parte del Magisterio, de la teología, de la pastoral y de la liturgia”.

A continuación la sección de la conferencia que analiza, con una franqueza inusual en boca de un alto dirigente vaticano, la oleada contestadora de los años sesenta y setenta.

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El engaño de una religión “pura”

En la valoración negativa de la religiosidad popular influyeron tanto causas internas como externas al ámbito eclesial.

Entre las primeras, resaltaron la existencia de lecturas parciales y selectivas de los textos conciliares en el post-concilio, así como una interpretación parcial e interesada de su doctrina.

Entre las segundas se debe indicar la importancia influencia que ejercieron las teorías de la secularización. La acogida que muchos ambientes eclesiales dieron a la teología de la secularización comportaba el desprecio de un cristianismo manifestado en formas exteriores, cuyo ejemplo evidente es, ciertamente, la religiosidad popular. Ésta fue considerada como un catolicismo superficial, separado de la vida y de los compromisos históricos.

Uno de los resultados del Concilio fue la definición de la Iglesia como pueblo de Dios, algo que animó el asociacionismo laical. En este contexto surgieron pequeños grupos que se consideraban más comprometidos. Estos “católicos del compromiso” o “católicos progresistas” adoptaron una actitud de contraposición a los cristianos que participaban en las manifestaciones de la piedad popular, considerándolos sencillos, ritualistas, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, y necesitados de purificación.

Al mismo tiempo, acusaron a la piedad popular de tener matices supersticiosos, de alejarse de la realidad, de alienarse del compromiso cristiano, de ser incapaz de formar militantes y promover actitudes evangélicas que favorezcan el desarrollo y la liberación.

Uno de los frutos más evidentes del Concilio fue la reforma litúrgica. Sin embargo, el desarrollo de tal proceso no fue siempre tan oportuno como habría sido deseable. Enumeremos muy rápidamente algunas características que tuvieron efectos contrarios a las prácticas de la piedad popular.

En primer lugar, y fruto del entusiasmo que el Concilio suscitó en el seno de la Iglesia, se pretendió desarrollar esa reforma a un ritmo vertiginoso, sin tiempo suficiente para asimilar los textos conciliares y su consiguiente aplicación a la Iglesia universal. Además, y en algunas iniciativas, estaban subyacentes interpretaciones erróneas o interesadamente parciales de las enseñanzas conciliares.

En no pocas ocasiones fue promovida una liturgia excesivamente pragmática, donde abundaban los elementos pedagógicos y didácticos a costa de su carácter mistérico, lo que llevó a descuidar cantos, silencios y gestos. Uno de los objetivos laudables era alcanzar una vivencia religiosa purificada, tanto en el ámbito interno (motivaciones) como externo (formas). El problema surgió en el modo concreto en que esto se desarrolló. Se promovió una religiosidad pura, desarraigada y abstracta, que supuso, entre otras cosas, la eliminación de tradiciones religiosas, a las cuales se atribuían rasgos mágicos, utilitaristas o supersticiosos.

La afirmación conciliar de la centralidad de la liturgia y de la celebración eucarística comportó que no pocos pastores suprimiesen muchas prácticas populares, por el hecho de que la religiosidad popular se manifiesta, en múltiples ocasiones, con formas diversas de aquellas previstas por los textos litúrgicos oficiales. La reforma subrayó también la gran importancia que debía tener la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica. Y, en consecuencia, se valoró negativamente la escasa presencia bíblica en las manifestaciones populares, muchas de las cuales son pobres en teología y citas bíblicas pero ricas en sentimentalismo.

La promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium, en 1963, coincidió con uno de los momentos en que la secularización tuvo mayor fuerza, y esto influyó en la aplicación de las reformas conciliares. De este contexto se asignó a la liturgia un claro compromiso temporal, con la adquisición de un tono profético, la denuncia de las situaciones sociales de pecado y la invitación al compromiso. Por eso, la piedad popular fue valorada negativamente, atribuyéndole un efecto anestésico frente a los problemas sociales.

Todos estos elementos, que en alguna medida se hicieron presentes durante la reforma litúrgica postconciliar, se tradujeron en la supresión indiscriminada y arbitraria de numerosas prácticas de piedad popular. En este contexto son elocuentes las palabras que Pablo VI pronunció en 1973 durante una audiencia pública: “Voces autorizadas nos recomiendan aconsejar gran cautela en el proceso de reforma de tradicionales costumbres populares religiosas, teniendo cuidado de no extinguir el sentimiento religioso, en el acto de revestirlo de nuevas y más auténticas expresiones espirituales: el gusto de lo verdadero, de lo bello, de lo simple, de lo comunitario y también de lo tradicional (donde merezca ser honrado), debe presidir las manifestaciones exteriores del culto, tratando de conservar el afecto del pueblo a ellas”.

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Fuente: Settimo Cielo

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo